Recientemente, a propósito de la lectura del libro “Mientras Escribo” de Stephen King, me topé con una declaración que me dejó bastante pensativo respecto a la cantidad de libros que están allí afuera esperando por ser leídos y nuestra capacidad para poder abordarlos. Este reto supone, no solamente realizar una buena selección de entre todo lo que se encuentra a nuestro alcance, en las estanterías de las librerías, de las bibliotecas y en medios digitales, sino también lograr un buen número de lecturas, mismo que nos permita mantener un razonable contacto con la creación literaria moderna. Luego me dí de frente con el número de libros que lee King por año, pues bien, se sitúa en más o menos noventa, cifra que me dejó pasmado, considerando que hemos adoptado el Reto de los 50 para ir exigiéndonos un poquito más de lectura. Aquí mismo descubro que al menos treinta de los libros que lee son audiolibros, a los cuales dedica tiempo en tanto va de un lugar a otro en su flamante camioneta Lincoln Navigator. A los pocos días, cayó en mis manos, gracias a la intervención de un amigo, la edición en audio del libro “Batallas en el Desierto” de Jose Emilio Pacheco, ganador del premio Cervantes en su edición del 2009, y no dudé en hacer el intento en el auto mientras hacia mis vueltas, muy alegre y adecuada coincidencia debo agregar. A decir verdad, fue un grato descubrimiento, pues pude aprovechar muy bien ese “tiempo muerto” que paso diariamente en las ya muy congestionadas calles de Guatemala. Empecé entonces a pensar en lo que podría contribuir escuchar audio libros en favor de mi intento de culturizarme y consideré que hay ciertos libros que se prestan para el efecto y otros que de ninguna manera los leería a través de la facilidad de un audiolibro.
Luego de realizar la primera prueba con resultados muy positivos y alentadores, intenté con un libro diferente, conseguí una edición en audio de “Así habló Zaratustra” de Friederich Nietzsche para realizar el segundo experimento. Todo iba muy bien, hasta que los conceptos que exigían detenerse a pensar un momento en ellos empezaron a desenfocar mi atención de la lectura, pensé que necesitaba una libreta de notas para ir señalando los pasajes que más emoción me causaban, los que mas me hacían pensar y hasta los que me provocaban risa. Me dí cuenta entonces que realmente no iba a sentirme satisfecho con escuchar la lectura del bendito libro y comprendí que hay libros que si son para escuchar y otros definitivamente no permiten ese recurso. Yo diría que no hay que escuchar libros que contengan conceptos o material profundo pues no nos sentiremos satisfechos, sentiremos que mucho se queda sin llegar a tocar nuestro corazón o nuestra razón. Definitivamente voy a incluir en la lista de audiolibros, textos históricos, novelas de ficción, a Stephen King por supuesto, y algún otro material un poco más ligero para gozar de este modo de lectura.
Cuando Jorge Luis Borges quedó definitivamente ciego, ya no pudo ejercer por cuenta propia el deleite de tomar entre sus manos un buen libro y saboreárselo para sí, página por página. En lugar de ello, su madre, Leonor, tomaría entonces los libros y los leería en voz alta a Borges, tal como lo hacía cuando éste fue niño, con la diferencia que ahora, era ya un hombre adulto y además ciego. Sea esto, “ficcion” o realidad, lo evidente es que el razonamiento sirve de mucho para considerar el hecho de si escuchar un libro equivale a leerlo o no, lo que viene rápidamente a la mente es la consideración sobre la atención que le ponemos al relato hablado, considero pues que en esto juega un papel muy importante la dicción de quien lee el libro, el ritmo del libro y la situación en la que nos encontramos para la escucha. Si todo esto se encuentra a nuestro favor, el resultado será que depués de dedicar algunas horas a la “lectura” escuchada del libro quedaremos convencidos que también cuenta como leer el libro de verdad, sabremos no sólo de que trata un libro sino que tendremos impresiones mas vívidas de los sucesos.
©2010. Postage by Greg Cooper. Icons by P.J. Onori. Thanks to Jamie Cassidy & Panic.
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