
Hace unos pocos años, siendo yo apenas un mozalbete, leí El coronel no tiene quién le escriba, y recuerdo poco del argumento pero el final lo tengo claramente grabado en la mente. Bueno, decir que recuerdo el final es ser presuntuoso, seré honesto, recuerdo la última palabra. Usted amigo lector, seguramente también la recordará.
Y es que es de esas palabras poderosas que algunos llaman malas, pero quienes conocen de lenguaje y comunicación reconocen como adjetivos claros y llenos de significado.
No podemos negar la posibilidad de comunicar sentimientos muy profundos de una manera muy clara cuando aprovechamos su uso.
En la literatura es común que el escritor aproveche el recurso de forma inesperada con resultados, a menudo, bastamente elogiados. Es lamentable que en la pantalla del cine regularmente abusen de su uso, a tal grado que para muchos hispano-parlantes su primera silaba en lengua inglesa sea una onomatopeya soez.
A esta altura del texto quizá el insigne lector que me dispensa su amable atención se preguntará el destino al que pretendo arribar con la presente cavilación o si solo está perdiendo el tiempo con lo que escribió este cerote.
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
Guatemala Quetzalteco, aprendiz en el oficio de vivir feliz. Hago públicas las reflexiones a las que me veo obligado durante mi breve tránsito por esta existencia que pretendo convertir en vida.
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