
Su cumpleaños pasó sin mayor novedad. Chus no acostumbraba celebrarlo con mucha pompa pues le parecía un accidente histórico sin mucha trascendencia, lo que contaba, a su parecer, era estar vivo y se dedicaba, sin mas reflexión, a vivir intensamente cada uno de “sus” instantes. Llevar la cuenta de un hecho fuera de su control, simplemente no le llamaba la atención. Los rótulos de “joven” y “viejo” eran adjetivos que no encontraban cabida en su forma individual de entender el mundo.
El abrazo matutino de su familia, los saludos en las redes sociales, un pastelito en el trabajo y la cena familiar eran parte de la tradición de todos los años. Una rutina que no dependía de él, pero que toleraba con respeto. El día, además, tenía otro rasgo singular, el asueto que le daban en sus tareas de asalariado.
No podía levantarse tarde porque sus parientes no se lo permitían y dedicaba, regularmente, el día a realizar actividades que eran imposibles otros días, por sus compromisos laborales. Las colas en el banco, la municipalidad o en la sala de espera del médico consumían casi todas las horas de su fecha “especial”.
Jesús no era un hombre frío y desprovisto de emociones, como se podría llegar a pensar. Todo lo contrario, era un apasionado y cultivaba con fervor ciertas tradiciones que se impuso. La principal de ellas la realizaba a principios de agosto, precisamente el decimo día del mes. Ese día se levantaba mas temprano que de costumbre, estrenaba ropa que compraba especialmente para la ocasión. Era evidente el ansia con que esperaba el día porque siempre lo tenía perfectamente planificado y con suficiente anticipación avisaba que no se presentaría a trabajar.
Iniciaba la mañana con la visita a alguna biblioteca donde revisaba cuidadosamente el catalogo de existencias y recorría los estantes, deteniéndose cada poco a hojear los títulos que llamaban su atención. Atendía con especial interés las novedades recién adquiridas y las versiones especiales de los clásicos. Un frugal almuerzo interrumpía su actividad y aprovechaba para ponerse al día de las noticias con la lectura de los principales diarios en circulación.
Por la tarde daba una vuelta por las pocas librerías de la ciudad, donde no se cansaba de revisar contraportadas, hasta que por fin se decidía a realizar algunas adquisiciones. Regresaba a su casa y, en la comodidad de su sala, empezaba a leer con marcada emoción.
Nadie lo llamaba, nadie interrumpía su actividad, pues todos comprendían y apoyaban su amor por las letras y los libros. Ese era su día. El día que celebraba dos cosas. Cuando su padre le regaló su primer libro, que coincidía con el día en que su madre le empezó a enseñar a leer.
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
Guatemala Quetzalteco, aprendiz en el oficio de vivir feliz. Hago públicas las reflexiones a las que me veo obligado durante mi breve tránsito por esta existencia que pretendo convertir en vida.
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