
Quienes escribimos con deadline celebramos muchas veces que alguna fecha significativa ande cerca de nuestro día de publicación, porque siempre será un buen escape a la hora de que nos llegase a faltar tema sobre el cual escribir. ¿Quién no querría leer algo de paz, hermandad, sobre compartir, del poco valor de los regalos y la importancia del sentido espiritual en época navideña? ¿O le disgustaría a alguien leer sobre las tradiciones, el turismo, el arte del aserrín, calles cerradas, el valor de Antigua Guatemala y la devoción de muchos para Semana Santa?, por mencionar un par de ejemplos. Ya sea a favor o en contra, por más que lo sea, no parecen asuntos redundantes y estoy seguro que no falta quien, con agrado, espere leer al respecto.
Hace unas semanas fui a almorzar con una amiga con la que había perdido casi por completo el contacto. Nos pusimos al día en varios aspectos de nuestras vidas y algo, lo que nos dio tiempo, recordamos de cosas que juntos vivimos. Reímos bastante. Recordó que me gusta leer, pero no tenía idea e hizo gesto de asombro cuando le comenté que puedo llegar muy de madrugada con un libro en mano o acaso, si me va bien, escribiendo, pero casi siempre lo hago rodeado de letras. No recuerdo sus palabras exactas, pero quiso darme a entender que tenía que vivir, trató de hacerme entender que fuera hay otro mundo, uno por el que vale la pena caminar, al que vale la pena descubrir y disfrutar. “La vida es más que libros” sentenció.
No podría estar más de acuerdo con ella. La vida, el tiempo, los días, la naturaleza, lo que el ser humano crea, las emociones, las amistades y las relaciones, entre otras cosas, tienen mucho por ofrecer y tanto para poder disfrutar. Hay un mundo lleno de opciones, lo que no le aclaré en ese momento a mi amiga es que lo de las letras es una más y una muy buena por cierto.
El primero de abril en “El Periódico” salió la sección “El acordeón” titulada “Lecturas de Verano”: un compendio de cuentos de distintos autores que se antoja disfrutable y cuyo título me pareció una sutil invitación a dedicarle algo de tiempo en éste descanso. Ahora que oficialmente estoy en mis vacaciones, leí dos y me gustaron. Un cuento de Nicté García, de quien no sabía nada, salió en la revista “Magacín” de “Siglo 21” del mismo día, el cual me agradó. Entiendo con ello que hay quienes ven que el gusto por la lectura nada tiene que pelear con la fecha.
Es Semana Santa e imagino las masas de gente luchando por hacerse de un lugar en la arena de las playas; la cantidad de pieles quemadas, unas rojas y otras negras, a las que, acusando vanidad, llamarán bronceadas; las carreteras que si pudieran pedirían piedad por el peso que soportarán y que contarán con poquísimo espacio para transitar; las edecanes bailando, la mayoría con desgano, a ritmo de música estridente, promoviendo marcas de bebidas; la ciudad con la mayoría de sus avenidas libres y unas cuántas cerradas para automotores y abiertas de par en par para quienes quieran ir a apreciar la el arte de las alfombras y la tradición propia de la fecha; iglesias, ventas de comida, negocios y centros comerciales disfrutando sus vacaciones de distintas maneras.
No puedo dejar de imaginar a los amantes de la lectura guardando uno, dos o tres libros dentro de la maleta que llevarán al viaje; guardando el que irá dentro de la mochila que los acompañará al paseo que tienen planificado; guardando uno dentro de la bolsa de mano de “ellas” y portando uno en las manos de “ellos”, que cargarán consigo por si hay algo de tiempo libre; los dispositivos de lectura, cual con sus ventajas y desventajas frente al de la competencia, que gustosos encenderán sobre hamacas, bancas, sillas, camas, asientos, etcétera.
Los libros no aíslan del mundo, lo hacen más grande, e incluso nos llevan a lugares a los que no es posible ir de otra forma.
Que sí… hay cientos de formas de disfrutar de la vida y también de aprovechar estas vacaciones, pero yo al menos cargaré un libro conmigo, sin importar el formato, por si acaso tengo la oportunidad de combinar placeres. Quizá mi amiga no llegue a entenderlo, pero se que muchos de ustedes sí.
Saludos
PS. En abril del año pasado salió publicado mi primer artículo de ésta columna. Es una agradable sensación ver lo que ha pasado con ella, un gusto considerar el trabajo de cada mes y gratificante contar con comentarios, respuestas y reclamos de quienes me los hicieron llegar. ¡Gracias a todos!
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Omar Velásquez — @omarvelz
Escritor guatemalteco.
http://omarvelz.wordpress.com

Peculiar sería la forma en que definiría mi etapa en la primaria. Los seis años de estudio los hice en cuatro distintos colegios y mi estadía en ellos fue desordenada, pues iba de uno a otro para luego regresar al primero. Uno de ellos tenía bases católicas, otro evangélicas, el otro era adventista y el último laico. En uno fuimos siete alumnos en clase mezclando los integrantes de tres diferentes grados, en otro veinticinco, en el tercero llegamos a ser treinta y cuatro y en el último unos veinte. Esos constantes cambios hicieron que tuviera que adaptarme a distintos lugares varias veces y que tuviera que pasar por distintos métodos de enseñanza y particularidades de reglamentos, modos y caprichos de las instituciones y de los profesores.
Fue en segundo primaria cuando inició la ardua tarea, y martirio para casi todos, de aprender las tablas de multiplicar. Confieso que entonces me gustaba mi maestra de el colegio Jerusalén, el de principios evangélicos, y eso añadía presión a mi aprendizaje porque disfrutaba su sonrisa cuando, agradada, me congratulaba por alguna tarea bien hecha. Para tercero me cambiaron de colegio y fue hasta el siguiente, ya en cuarto, cuando regresé al Jerusalén, para entonces contaban ya con nuevas instalaciones, más grandes quizá, pero a mi me quedó la nostalgia por las anteriores, o quizá era por la profesora.
Cada centro educativo tuvo sus particularidades, en cuarto grado una de las que más recuerdo fueron las clases de música, sin duda las peores que recibí, no aprendíamos nada y tocaba escuchar gritos desafinados y fuera de compás mientras duraba la misma. Quizá cansado de eso el profesor decidió que la dinámica sería enseñarnos una canción que cantaríamos todos al unísono mientras él, al frente, acompañaba con la guitarra, cosa de no sufrir con la falta de talento de cada uno por separado. El toque final a lo terrible de aquellos momentos lo daba las malas canciones que el profesor escogía, varias de ellas de tinte religioso.
—Hoy vamos a aprender la canción de la tabla del ocho —llegó diciendo un día y, luego de que la cantó para mostrarla, no hubo uno solo de los alumnos que celebrara su desatino.
Aún tengo presente la letra: “La maestra lo felicitó, porque la tabla del ocho aprendió, ha jugado con esta canción, la tabla del ocho le entró en el melón…”
Hace unos días veía en YouTube el discurso de aceptación del Nobel por parte de Vargas Llosa en 2010. No es un discurso memorable o cuyas conmovedoras palabras me impulsen a recomendarlo, pero hay una parte interesante que me permito citar:
“Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos, de la cuna a la tumba, la temen, tanto, que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes.”
Algunos dicen que la literatura es un arma que puede utilizarse contra las tiranías, para defender la libertad, que se puede utilizar contra la injusticia y un sinfín de máximas que enaltecen a los libros. No estoy de acuerdo con ello, las armas con que contamos somos nosotros mismos, nuestra razón, nuestros objetivos, nuestras acciones y nuestros compromisos. La literatura es, en cambio, una valiosa herramienta que nos brinda conocimiento, mismo que podemos aprovechar, porque no basta con solo tenerlo, para razonar mejor, establecer de mejor forma nuestros objetivos, dirigir nuestras acciones y marcar nuestros compromisos.
Cada quien es libre de tomar la literatura como guste, pero siento un dejo de desprecio hacia la misma cuando alguien dice que solo lee por distracción, entretenimiento, para que sus emociones salgan a flor de piel o para escapar de la realidad. Detrás de las historias, la mayoría de veces, y si el libro es bueno, hay mucho valor; detrás de los personajes se pueden interpretar características del complejo accionar de los seres humanos; en los diálogos podemos rescatar verdades, mentiras, engaños, reacciones y más, que enriquezcan nuestra concepción de éste mundo, de la vida misma: de lo que es, de lo que no es e incluso de cómo debería de ser.
Muchas veces una historia es la mejor forma de transmitir cierto conocimiento.
Platón, allá por el año 390 antes de la era común, quiso compartir cómo el conocer la verdad libera al ser humano de sus creencias y permite ver más allá del mundo que se percibe, dividiendo la realidad en dos: el mundo físico al que se advierte con los sentidos y el reino de lo inmutable o lo irreal, que es accesible solo al intelecto. Y para hacerlo creó su famosa y célebre “Alegoría de la Caverna”, utilizando de manera magistral el recurso literario para enseñar, independientemente de lo mucho que se podría discutir al respecto de ella.
La literatura, aunque placentera, es bastante más que un pasatiempo. Detrás de ella existe también el placer del conocimiento.
No recuerdo qué tan bien dominaba la tabla del ocho en aquel entonces, pero sí tengo presente que nos enseñaron una canción que era más que un mal ritmo y una fea melodía: era una pieza que tenía en su letra conocimiento, por parco que éste fuera. Se que muchos terminaron aprendiendo las multiplicaciones de esa forma, y también es cierto que todavía hoy me se la melodía y la letra, y si en algún momento llego a tener dificultad al multiplicar por ocho, podré recurrir a aquella mala canción.
Saludos
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Omar Velásquez — @omarvelz
Escritor guatemalteco.
http://omarvelz.wordpress.com

En casa solo contaba con: María, El visitador, Los árboles mueren de pie y dos o tres títulos más que no logro recordar. Y también contaba con absolutamente nadie a quién pedirle que me recomendara una buena lectura. Decidí que Alejandro Casona era la opción correcta para iniciar, seguramente influenciado por la cantidad de páginas.
Fue hasta 1995 cuando encontré a alguien que me recomendara libros. Siempre es más fácil cuando se encuentra una mano amiga que le guíe a uno en el andar por el inmenso universo de textos que existen, sobre todo cuando uno inicia. De tal cuenta conocí a Gibrán y alguna literatura árabe, porque esa era la preferencia de mi amigo, un hombre que me doblaba la edad, sabía mucho y tenía una filosofía de vida que destacaba por diferenciarse de lo común. No obstante mi camino no estaba por ahí, mucha parábola que concluía en lo insignificante del hombre, la necesidad de ser humilde y hablaba de maravillosas deidades que se dedican, en todo lo que acontece al ser humano, a pulir sus almas.
El 31 de enero que recién pasó recibí un correo que inicia con la frase: “Un día como hoy pero hace once años usted se registraba en nuestro sitio”. ¡Si pasará el tiempo! Aquel ha sido uno de los lugares a los que más asiduo he sido, al cual llegué en mi búsqueda de buenas lecturas. En él se encuentra toda una biblioteca de libros listos para ser descargados de forma legal y gratuita. Leí a Shakespeare, a Julio Verne y a Mark Twain, por mencionar solo unos pocos, pero no lo hice por intuición. Entonces se hablaba mucho de los foros y en esa página fueron creciendo a gran velocidad. Como en casi todos ellos se compartía, recomendaba, hablaba, discutía, insultaba, pero más que todo, se peleaba. La mayoría llegamos a conocernos por los nicknames, pues cada quien iba ganando cierta reputación en el grupo, e iniciamos, pero no llegamos a concluir, el proyecto de una revista literaria (recuerdo con algo de nostalgia y agrado aquel primer artículo que escribí, y que aun conservo, para dicha causa).
Las recomendaciones llovían y no solo diciendo que éste o aquel libro era bueno, explicaban los motivos, daban razones, compartían datos interesantes. Era casi imposible no ser seducido por el entusiasmo que cada quien ponía cuando se expresaba bien de algún texto. Yo, inocente e inexperto, los quería todos, quería saber todo lo que ellos sabían, quería que llegara el momento en donde pudiera abrir los temas y seducir a otros.
El lobo estepario fue el titulo de una de aquellas discusiones. Empezaron los comentarios. Los más decían que no se siguiera leyendo sin leer primero el libro, cosa de no llegar con un criterio viciado a la hora de interpretar lo que Herman Hesse quería contar. Lo compré, lo leí y… ¡qué difícil fue navegarlo! Constantemente tenía que regresar párrafos, a veces páginas enteras, para tratar de captar lo que tenía que entender. Contento lo finalicé y concluí que era un excelente libro y que sería de los que siempre recomendaría. Corrí al foro para intentar opinar, pero para entonces ahí ya todo estaba dicho.
Hace unos días Myrna (aka @myrcrisher) me hizo una serie de cuestionamientos, ninguno de ellos sencillo, sobre ese libro. No tuve más remedio que confesar que diez años es mucho tiempo y agregué el siguiente comentario de lo que recuerdo: “Va de alguien que lucha consigo mismo y su naturaleza, que es la de una persona solitaria, a quien no le importa, o le va dejando de importar, la estructura social o la forma en que se le es juzgado. Alguien que deja la comodidad de lo tradicional entendiendo que hay más en la vida. Alguien a quien estar con una “dama de compañía”, por ejemplo, al contrario de lo que la sociedad, sobre todo en ese entonces, impone, no le importa. El protagonista, no recuerdo el nombre, va cambiando su personalidad a lo largo de la obra. Quizá el mensaje sea: está bien ser un lobo estepario… y a quienes nos tachan de algo raros en la forma de pensar/actuar nos cae muy bien eso”.
Cerré el comentario comentando mi intención de leer el libro nuevamente.
Pensaba que mi argüir había sido bastante fofo cuando Myrna hizo el siguiente comentario: “Pues de esto último que mencionás no me quedó tan claro el mensaje. Si bien al principio sí lo parece, hacia el final, cuando la muchacha le cuestiona su conducta por ejemplo con el intelectual o con las situaciones que él critica, es como decirle: te entiendo pero puedes manejar la realidad a tu antojo”.
Concluí tres cosas: que tengo que regresar a leer el libro antes de volver a recomendarlo; reafirmé mi creencia de que hay libros por los que hay que esperar para poder leerlos, cosa de aprovecharlos mejor; pero en lo que más me hizo meditar, es que si bien ya he aceptado que el tiempo no me alcanzará para leer todo lo que quiero y querré leer, debo sumarle a eso todo aquello a lo que desearé volver después de que alguien opine distinto o enriquezca el contenido, siempre que sea con argumentos válidos, de alguno de los buenos textos que yo haya leído.
Vamos lectores chapines, continúen recomendando y hablando de buenos libros ¡Vaya si son buenos en eso! Incluso de los que ya casi todos leímos. Total el panorama no puede ser más alentador y trágico para alguien que se deleita en la lectura.
Saludos
PS. El sitio del que hablo se llama El Aleph, aun existe y ahora cuenta con más títulos en su biblioteca.
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Omar Velásquez — @omarvelz
Escritor guatemalteco.
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Ya llevaba varios libros conmigo, pues los precios en Uruguay, aunque han subido, son de aprovechar, cuando se me ocurrió, más pensando en un souvenir que en saciar mi hambre de buena lectura, preguntarle al joven que me asistía con información y ubicación de los textos, quien seguro, por el modo excesivamente afable de su trato, perseguía llenar su cuota de venta, por algo que pudiera recomendarme que fuera muy tradicional en éste país. Algo que le fuera conocido a cualquier uruguayo con el que hablara, si es que su fama de buenos lectores es tan real como comentada. Me llevó a la sección de “Nacionales” y me sugirió algo de Benedetti o de Galeano. ¡Decepción!
De Benedetti he leído algo, pero al autor le fue tan bien que un libro de él se consigue en cualquier librería de Guatemala y con Galeano estoy algo peleado desde que leí “Las Venas Abiertas de America Latina”.
―¿Solo eso tenés?
―De ahí tenés todos esos que son uruguayos ―Contestó―, podes llevar cualquiera.
Cuando me preguntaron en caja el nombre de la persona que me había atendido, me dieron ganas de decir que nadie.
En el avión, de camino a Montevideo, me tocó ir a la par de una pareja, creo, de franceses, si mi oído para el particular acento no me falla, porque del idioma conozco, si mucho, tres palabras. Se comunicaban con otras personas que iban una fila de asientos atrás y a la derecha, más que todo en inglés, aunque también les escuché una que otra frase en español.
De los tres de atrás, quien estaba hacia el pasillo era una joven, nunca fui bueno calculando edades, excusa que lo salva a uno de momentos incómodos, en especial con las damas, pero estimo que tendría entre quince y diecisiete años. En su mano llevaba el libro: “Carazamba” de Virgilio Rodriguez Macal. De inmediato me hizo regresar a aquellas tardes en que, luego de clases, disfruté el escape de aquella pareja que, metidos en serios problemas, recorren lugares interesantes de nuestra patria.
Hace algunos días, en una de varias cuentas de Twitter que sigo, en donde el tema principal son libros, apareció el link hacia una nota llamada: “The Top 10 Book Covers of 2011”. Fui a chequearlo y, siendo sincero, no logro entender lo destacado de la mayoría de las portadas seleccionadas (vale aclarar que lo del diseño no es mi fuerte). Lo cierto es que lamenté que una nota que, dicho sea de paso, suma muchos comentarios, tenga como tema principal la parte que menos debiera de interesar de un libro, no al menos, para escritores y lectores, quienes vemos la belleza del arte de la escritura en las letras mismas y que entendemos bien que la portada de poco aprovecha.
El artículo me hizo meditar en qué es lo que se está leyendo y el por qué de la selección. El mainstream literario va de historias románticas, protagonistas de “buen ver” y de una máquina mercadológica que seguramente se preocupa, incluso o más, por cómo lograr que un libro puede ser seleccionado sólo por su portada.
Editorial Piedra Santa últimamente se ha dedicado a hacer portadas terriblemente horribles, que dan la impresión, quizá con esa intención, de que lo que venden son textos escolares. Malos dibujos y fea combinación de colores que en nada demeritan lo bueno del texto que protegen, como es el caso de “Carazamba”.
Ojalá nuestra selección de libros escape cada vez más de todo ello y nos permita beneficiarnos de la misma, aprovechando el placer que, como lectores, nos representa navegar por las historias. No concibo la idea de decir que estoy leyendo un libro porque me llamó la atención su portada, o porque ésta estaba en el top 10 de cualquier lista.
Luego de meditarlo por un par de minutos quise decirle: “that is a great adventure”, pero para cuando volteé ella ya había guardado el libro. Ojalá que logre disfrutar de la historia e ignore la fea portada del texto que se llevó como recuerdo de Guatemala.
Esa misma respuesta, o una similar, esperaba en la librería de Montevideo. Estaría bueno que nosotros, los amantes de las letras, sí pudiéramos dar una buena respuesta cuando nos pidan recomendación de nacionales.
Saludos
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Omar Velásquez — @omarvelz
Guatemalteco, escritor, analista/programador, esposo, padre y tengo en mi haber varios tìtulos más, de esos que el correr de los años va cargando sobre nuestros hombros.
http://omarvelz.wordpress.com

El tránsito estaba denso y el sol ponía férrea resistencia al esfuerzo que hacía el aire acondicionado por brindar algo de comodidad. No obstante, mientras conducía hacia las canchas de fútbol cinco deseando que el reloj no avanzara tan rápido, lo que ocupaba mi mente era el pensar en lo fácil que se dice “cuatro años” y lo mucho que ese período de tiempo implica. Es que hacía “solo” cuatro años, mas o menos, que había pateado por última vez un balón.
Terminados los dos partidos de la cuadrangular, se entregaron los trofeos, empezaron las charlas de rigor que se dan luego de cualquier encuentro: “¡qué buen partido!”, “gracias por el rato”, “ni modo, para la próxima será”, “bien jugado” y luego los comentarios entre los integrantes del mismo equipo: “ese partido no lo tuvimos que haber perdido”, “¡qué bien jugamos muchá!”, “lo que pasa es que solo tocarla somos y no tiramos nunca”. Esas y muchas otras frases similares se escuchan después de todo encuentro futbolístico, porque es parte del juego mismo: el análisis de las jugadas es parte del gusto por el deporte.
Lo cierto es que el partido no termina hasta el mediodía del día siguiente o del lunes, si se jugó el fin de semana, porque se hablará del mismo hasta entonces. Con el grupo de personas con el que se compartió en la cancha, ya se tendrá materia en común. Lo que antes era un simple saludo, ahora se convierte, casi siempre, en una pequeña charla que inicia con frases como: “estuvo bueno el partido, ¿verdad? A ver cuándo jugamos otro”, “¿viste el partido del domingo? ”, “¿rojo o crema?”, “¿qué te pareció el gol de Messi?”. El tema queda para siempre, tanto más que con algunos se podrá llegar a entablar discusiones más profundas sobre fútbol y con otros, incluso, iniciar una amistad.
Así pasa cuando los seres humanos tenemos un gusto en común, de a poco nos vamos juntando y compartiendo. Empezamos con saludos y comentarios de regla, luego vamos profundizando en preferencias, pasamos a compartir experiencias, seguimos con dar opinión, hacer recomendaciones, llegamos a debatir algo con lo que no estamos de acuerdo, y, si vale la pena, terminamos por entablar amistades.
Lectores Chapines, un grupo que “solo” está a punto de cumplir tres años, tiene un plus: acá compartimos sobre libros, autores, estilos, tramas, ritmos, entre otros aspectos de la lieratura. Pero más importante aún, sobre ideas y filosofía.
En la vida vamos experimentando distintos ciclos. Estamos a poco de terminar el ciclo 2011 y ésta es mi última columna del mismo. Por ello quería aprovechar el espacio para agradecer a todos los que hasta ahora han participado y se han integrado a éste proyecto de afines a la lectura. Gracias por sus comentarios, recomendaciones, consejos, por lo que compartieron… a algunos por sus regaños y, por supuesto, por su amistad.
Dos partidos de fútbol en una tarde dejaron como consecuencia cansancio, dolor y la oportunidad de interactuar con otras personas que comparten el mismo gusto por ese deporte. Lo que Lectores Chapines ha significado y deja para mi vida, es algo de gran valía que llevaré conmigo siempre. Y no, no estoy invadido por algún tipo de nostalgia navideña, nunca experimenté tal cosa y esto lo escribí el último día de noviembre.
Saludos
PS. Un brindis de fin de año por el gusto de interactuar con ustedes y por que el ciclo de Lectores Chapines dure mucho tiempo más.
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Omar Velásquez — @omarvelz
Guatemalteco, escritor, analista/programador, esposo, padre y tengo en mi haber varios tìtulos más, de esos que el correr de los años va cargando sobre nuestros hombros.
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Un remanso de tranquilidad inundaba el ambiente. Afuera, el viento pasaba golpeando ventanas y paredes, haciendo de banda sonora a la noche templada y apacible. Dentro, las luces estaban apagadas, excepto una pequeña lámpara de diseño antiguo que descansaba sobre una mesa de madera junto al sofá.
Samuel sostenía una conversación.
—Ya te digo, el salvajismo de aquella gente los hacia cometer actos deleznables, a juicio, claro está, de una mentalidad distinta a la de ellos, para quienes eran simplemente cosas normales. Comer seres humanos… era sólo un platillo más en su dieta.
—Es difícil de entender que sea natural comer a otro ser humano. Eso me recuerda la repugnancia que sentí cuando leía las historias contadas por los sobrevivientes de aquel accidente de avión en Los Andes, en el libro “La sociedad de la nieve”. Un gran conflicto el que tenían, aunque en realidad contrario a como la gente lo ve, sostengo que no fueron obligados, por la circunstancia, a comer carne humana, fue una decisión personal —Comentó Samuel.
—También hacían otro tipo de barbaridades en el Congo. Intentá comprender lo “natural” que podría resultar el asesinar a un par de recién nacidos solo porque vinieron al mundo cargando la culpa de ser gemelos; sacrificar niños por seguir alguna creencia o tradición; matar a los servidores para enterrarlos junto a sus jefes.
—¿De dónde saldría la idea de que eso era lo que se tenía que hacer? ¿Será esa maldita costumbre, tan arraigada en algunos seres humanos, que les convence de ser poseedores de la verdad del misterio de lo “desconocido”? ¿Debiéramos culpar a la ignorancia o a la tradición? —Meditó un momento, luego concluyó:— El único culpable es el ser humano mismo.
—Fue incontrolable la necesidad del hombre civilizado por colonizar aquel lugar, so pretexto de hacer que tuvieran una vida mejor y llevarlos al camino correcto.
—Claro, porque siempre necesitamos de excusas para hacer las cosas.
—Terminaron justificando las terribles cosas que hacían. Obligaron a las personas de aquellas tribus a salir del salvajismo en nombre de los beneficios de la ciencia, e hicieron que adoptaran una nueva religión. Firmaban contratos con los jefes de las mismas que los comprometían a entregar a sus hombres, para que realizaran los trabajos que los colonizadores requirieran. Los mismos hombres que procuraban el sustento para su gente eran entregados, abandonando a sus familias a su suerte.
—¿Qué diferencia hay entre eso y el salvajismo?
—Hay más. Les quitaban a sus mujeres, las encerraban en condiciones deplorables, las obligaban, incluso, a comer sus propios excrementos. De esta forma se garantizaban que los trabajadores no huyeran, si querían volver a verlas o, al menos, mantener la esperanza de que estuviesen vivas.
—Pero el comer e…
—Unas cosas las hacían por la ambición, otras por el gusto de denigrar al prójimo. De por sí ya las condiciones de vida y de higiene que existían entonces, es algo difícil de describir.
—Por eso nunca entendí cómo es que muchos aseguran que los tiempos de antes fueron mejores. Lo pienso ahora, como lo pensé cuando leía la descripción de la pestilencia y putrefacción que había en el lugar en donde Jean-Baptiste Grenouille es traído al mundo, entre desechos de pescado.
La tranquilidad y el viento continuaban como dueños de la noche. Viendo hacia la nada se dedicó a meditar un rato en lo correcto, incorrecto, injusto, adecuado o conveniente de aquella colonización. Luego Samuel se percató de la hora. Pensó que era tarde y decidió retirarse a descansar. Cerró el libro de Vargas Llosa, “El Sueño del Celta”, dando por concluido el agradable diálogo que había realizado en su mente.
Ese que invariablemente acompaña cuando navegamos por las historias que el escritor nos cuenta y al cual contestamos con nuestro conocimiento, experiencia o conclusiones.
Ese diálogo que vuelve tan placentera la lectura y que la convierte en un vicio para quienes la disfrutamos.
Samuel retomaría el texto al día siguiente.
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Omar Velásquez — @omarvelz
Guatemalteco, escritor, analista/programador, esposo, padre y tengo en mi haber varios tìtulos más, de esos que el correr de los años va cargando sobre nuestros hombros.
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“De los más de 70 mil libros que se editaron en España en el 2010 a Venezuela solamente llegaron dos mil.” Cita un artículo que leí recientemente. Aunque el mismo dice que es 5%, en realidad quiere decir que menos del 3% de los libros de un país, llegan al otro. Dicha información revela un par de datos interesantes. Primero, que en España se editan más o menos setenta mil libros por año, una cantidad enorme y frustrante a la vez para quienes estimamos las letras, pues está claro que el tiempo con que contamos para consumir es considerablemente pequeño en función de lo que se ha producido y se seguirá haciendo. El segundo, que con todo y lo poco de textos que están entrando a Venezuela, entiendo que por su lamentable situación política/económica, siquiera tienen datos al respecto y al menos una persona que lo lamenta.
Hace pocas semanas tomé un nuevo hábito. Aun no sé cuánto dure, pero mientras tanto lo estoy disfrutando. Es algo sencillo: después de mi horario de almuerzo regreso a mi escritorio y escucho dos o tres canciones que me gusten, pensando sólo en eso, en disfrutar de la música y tratando de aislarme del resto de cosas. Grooveshark y Youtube son mis cómplices en la idea.
Uno de éstos días decidí que lo que quería escuchar era ópera: “Flowers Duet” y “Nessum Dorma” fueron las seleccionadas. No se equivoquen, no soy experto en la materia ni pretendo aparentar que lo soy, simplemente me gustan algunas canciones del género y cuando tengo oportunidad las escucho.
La segunda canción iba mas o menos por la mitad cuando, acelerado, entró un compañero de trabajo. Su gesto parecía de extrañeza. Seguro que no esperaba escuchar ese tipo de música en una oficina, o al menos no en la mía. Guardó silencio un instante tratando de prestar atención, luego interrumpió con una pregunta: “¿Qué es lo que te transmite esa música?” me cuestionó. No pude contestar claramente. Farfullé algunas ideas: que disfrutaba el sonido, los tonos, el ritmo, el sentimiento de la interpretación; que es música capaz de erizar la piel incluso sin conocer el significado de las palabras; que cada canción era distinta por lo que no podía enmarcar todas en una sola definición.
Guardó silencio otro instante, luego volvió a interrumpir: “La verdad que esta chilera, es como relajante… Está buena como para dormir”.
Quisiera, como lo saben en Venezuela, saber cuánto de la producción de libros está entrando a Guatemala, tanto de España como de Argentina, por mencionar dos de los países que más editan en español. También me da curiosidad el saber cuánto de la producción guatemalteca se queda en ilusiones y sueños de escritores, que quizá realizando trabajos dignos de publicar, no ven compensado su esfuerzo porque para ninguna editorial es negocio en un mercado pequeño como el nuestro. Qué estamos consumiendo y por qué, es otro dato que se me antoja interesante.
Guatemala no tiene las limitantes que tiene Venezuela, no aun y espero que no llegue a esos extremos, sin embargo allá hay personas preocupadas por ese tipo de información y más aun, por darla a conocer. Acá nos falta tanto.
Me agrada saber que estoy en un país que aun conserva ciertas libertades, en donde, si lo consigo puedo hacerme de la lectura que quiera, ya sea comprando local o mandando a traer. Pero me entristece que la oportunidad sea tan mal aprovechada por una sociedad que no lee.
La ópera, al contrario de lo que cree mi compañero de trabajo, no está hecha para dormir, tampoco es aburrida, ni requiere mucho conocimiento, ni es solo para cierto tipo de personas. Como tampoco los libros dan sueño, no son aburridos, no hay que tener mucha práctica para entenderlos, ni es solo para cierto tipo de personas que tienen una voluntad, que se puede envidiar, pero que no se puede alcanzar.
Cada quien es libre de pensar, querer, sentir lo que desee, pero ese tipo de ideas preconcebidas condiciona o son excusas para muchas personas que podrían estar aprovechando la riqueza que hay dentro de cada libro, al menos, dentro de un buen porcentaje de ellos. Acaso sea algo muy enraizado en nuestra cultura, el desaprovechar oportunidades que tenemos.
Saludos
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Omar Velásquez — @omarvelz
Guatemalteco, escritor, analista/programador, esposo, padre y tengo en mi haber varios tìtulos más, de esos que el correr de los años va cargando sobre nuestros hombros.
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©2010. Postage by Greg Cooper. Icons by P.J. Onori. Thanks to Jamie Cassidy & Panic.
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