
Felipe Valenzuela es un hombre sencillo, con gran facilidad para hablar y con apariencia de ser muy sociable; sin embargo, según dice, es una persona que detesta la vida social. “Soy un tímido que habla con miles de personas al día”, comenta el actual director general de Emisoras Unidas (EU) y de Patrullaje Informativo.
Felipío, como le llaman para diferenciarlo de su padre —un revolucionario que dio la vida por el país, el histórico 20 de Octubre de 1944—, es uno de los periodistas más reconocidos y exitosos de Guatemala. Su trabajo lo ha plasmado, desde hace unos 20 años, en los rotativos El Gráfico (desaparecido) y Siglo 21, en la sección cultural, para luego pasar al espectro radial, primero en Radio Punto y ahora en EU.
Es un amante de la música: Pink Floyd, Queen, Led Zepellin, Genesis y, por sobre todos, admirador del legendario grupo británico The Beatles, del cual tiene toda su discografía; se autodefine como caótico, creativo y a veces un poco cínico, pues le gusta el humor negro. También dice: “Soy un melancólico alegre y un noctámbulo bohemio que se levanta de madrugada”.
¿Qué fue lo más importante que aprendió de su padre?
La honestidad… y quizás otras cosas que no debí haber aprendido (risas).
¿Qué cosas?
Las chicas le encantan a mi padre (risas). Recuerdo un poema que dice: “Las mujeres no son fuente de conocimiento, sino que son el conocimiento mismo”. Y yo, de todo lo que he aprendido en la vida, se lo debo a las mujeres. Tengo una madre fundamental, tolerante, creativa, amorosa; y mi hija, a quien amo con todo lo que tengo. La Prensa es mujer, la música es mujer, la radio es mujer.
Hábleme de su otra pasión: la música.
Pues así como puedo gozarme un trabajo experimental de Ian Anderson, me gusta el Art rock en inglés, el blues, la canción bien hecha española y latinoamericana; me gusta Silvio Rodríguez o Joan Manuel Serrat, pero en general, le tengo estima especial a Los Beatles, pues su calidad es insuperable.
Nos seguimos reuniendo con los amigos, ponemos un DVD y, literalmente, contemplamos la música, pues todos nos quedamos callados.
Este es un extracto de una entrevista publicada en la RevistaD de Prensa Libre. El articulo completo lo puedes leer aqui

Hace unos pocos años, siendo yo apenas un mozalbete, leí El coronel no tiene quién le escriba, y recuerdo poco del argumento pero el final lo tengo claramente grabado en la mente. Bueno, decir que recuerdo el final es ser presuntuoso, seré honesto, recuerdo la última palabra. Usted amigo lector, seguramente también la recordará.
Y es que es de esas palabras poderosas que algunos llaman malas, pero quienes conocen de lenguaje y comunicación reconocen como adjetivos claros y llenos de significado.
No podemos negar la posibilidad de comunicar sentimientos muy profundos de una manera muy clara cuando aprovechamos su uso.
En la literatura es común que el escritor aproveche el recurso de forma inesperada con resultados, a menudo, bastamente elogiados. Es lamentable que en la pantalla del cine regularmente abusen de su uso, a tal grado que para muchos hispano-parlantes su primera silaba en lengua inglesa sea una onomatopeya soez.
A esta altura del texto quizá el insigne lector que me dispensa su amable atención se preguntará el destino al que pretendo arribar con la presente cavilación o si solo está perdiendo el tiempo con lo que escribió este cerote.
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
Guatemala Quetzalteco, aprendiz en el oficio de vivir feliz. Hago públicas las reflexiones a las que me veo obligado durante mi breve tránsito por esta existencia que pretendo convertir en vida.
http://elultimodepaz.blogspot.com

A un presidente guatemalteco muy recordado, no tengo evidencia para asegurar que haya sido el mejor como algunos afirman, se le atribuye la frase “viajar es vivir”, me atrevo a asegurarles que recientemente he confirmado su proposición.
Una enfermedad, problemas familiares y una difícil coyuntura económica fatalmente coincidieron en mi vida durante el primer trimestre del año dos mil once y la inevitable consecuencia de todo ello fue una depresión tan profunda como el pozo donde se pierden los fondos públicos. Siempre he sido un ávido lector, pero mi consumo de páginas por día pronto se vió superado por mi emisión de lágrimas y suspiros por minuto.
De pronto, gracias a esta maravilla de las redes sociales, recupero el contacto con una amiga y quedamos de reunirnos para charlar sobre los viejos tiempos y también sobre las ultimas novedades de nuestras vidas. Resulta que ella recientemente ha viajado mucho. Sola, sin dinero, bueno, casi sin dinero. Y me cuenta muchas de sus aventuras. Al terminar de conversar, casi sin darme cuenta, y ella tampoco, ha reavivado en mi, un sueño que por largo tiempo he acariciado. Viajar.
Viajar y conocer las calles por donde Jean Valjean es perseguido por el implacable Javert. Visitar las calles empedradas de una solitaria ciudad que se llama Macondo, un caudaloso rio que me cuente otras historias de amor que se tejieron en los tiempos del colera y quisiera saber también si los tiburones acuden puntuales a buscar alimento a la par de las embarcaciones en el caribe.
Me intriga si el recorrido del camino de Santiago vale la pena y no podré morir en paz hasta que averigue, por mis propios medios, si de Bagdad al Cairo es posible realizar el trayecto.
Verne, Dumas, Rand, Garcia Marquez, Cortazar, Esquivel y Anónimo han alimentado por muchos años, con muchas letras mis sueños de viajar.
Al momento de escribir este post no he solucionado mis problemas, ni me he liberado por completo de mi depresión, pero estoy soñando… y eso, mi querido lector, es todo lo que necesito.
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
Guatemala Quetzalteco, aprendiz en el oficio de vivir feliz. Hago públicas las reflexiones a las que me veo obligado durante mi breve tránsito por esta existencia que pretendo convertir en vida.
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En febrero de1990 compré el libro “La gestión en las empresas de servicios” escrito por James L. Heskett de la colección de Harvard Business School y como consecuencia directa de la lectura de las anécdotas y recomendaciones contenidas allí, tome la decisión de emprender, a tiempo parcial, mi primera aventura de negocios, en sociedad con tres amigos. Dos de ellos abandonaron el barco durante el primer año y con el restante, trabajamos durante quince productivos años hasta que una desafortunada elección hizo naufragar nuestra aventura comercial.
A lo largo y ancho de mi vida me he involucrado en múltiples proyectos y me he enamorado de variados sueños, casi siempre acompañado de un libro, apoyado por las ideas que me propone un autor o alentado por las palabras de otro soñador que se atrevió a plasmar sus ideas en blanco y negro sobre papel.
Y ha sido así desde niño, como cuando aprendí mucho de lo que se del béisbol en la colección “Mis primeros conocimientos” y me volví aficionado a ese deporte.
A pesar de hacerme acompañar siempre por un libro, no creo haber leído todo lo que debiera. Mas cuando conozco a gente que ha leído mucho y que realmente sabe muchas cosas, no puedo menos que avergonzarme al ver el escaso monto de conocimiento que he acumulado. Leer mas y aprender todo es quizá la única razón por la que me gustaría vivir eternamente.
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
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Su cumpleaños pasó sin mayor novedad. Chus no acostumbraba celebrarlo con mucha pompa pues le parecía un accidente histórico sin mucha trascendencia, lo que contaba, a su parecer, era estar vivo y se dedicaba, sin mas reflexión, a vivir intensamente cada uno de “sus” instantes. Llevar la cuenta de un hecho fuera de su control, simplemente no le llamaba la atención. Los rótulos de “joven” y “viejo” eran adjetivos que no encontraban cabida en su forma individual de entender el mundo.
El abrazo matutino de su familia, los saludos en las redes sociales, un pastelito en el trabajo y la cena familiar eran parte de la tradición de todos los años. Una rutina que no dependía de él, pero que toleraba con respeto. El día, además, tenía otro rasgo singular, el asueto que le daban en sus tareas de asalariado.
No podía levantarse tarde porque sus parientes no se lo permitían y dedicaba, regularmente, el día a realizar actividades que eran imposibles otros días, por sus compromisos laborales. Las colas en el banco, la municipalidad o en la sala de espera del médico consumían casi todas las horas de su fecha “especial”.
Jesús no era un hombre frío y desprovisto de emociones, como se podría llegar a pensar. Todo lo contrario, era un apasionado y cultivaba con fervor ciertas tradiciones que se impuso. La principal de ellas la realizaba a principios de agosto, precisamente el decimo día del mes. Ese día se levantaba mas temprano que de costumbre, estrenaba ropa que compraba especialmente para la ocasión. Era evidente el ansia con que esperaba el día porque siempre lo tenía perfectamente planificado y con suficiente anticipación avisaba que no se presentaría a trabajar.
Iniciaba la mañana con la visita a alguna biblioteca donde revisaba cuidadosamente el catalogo de existencias y recorría los estantes, deteniéndose cada poco a hojear los títulos que llamaban su atención. Atendía con especial interés las novedades recién adquiridas y las versiones especiales de los clásicos. Un frugal almuerzo interrumpía su actividad y aprovechaba para ponerse al día de las noticias con la lectura de los principales diarios en circulación.
Por la tarde daba una vuelta por las pocas librerías de la ciudad, donde no se cansaba de revisar contraportadas, hasta que por fin se decidía a realizar algunas adquisiciones. Regresaba a su casa y, en la comodidad de su sala, empezaba a leer con marcada emoción.
Nadie lo llamaba, nadie interrumpía su actividad, pues todos comprendían y apoyaban su amor por las letras y los libros. Ese era su día. El día que celebraba dos cosas. Cuando su padre le regaló su primer libro, que coincidía con el día en que su madre le empezó a enseñar a leer.
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
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De nuestra primera vez, recuerdo los días anteriores a la cita que habíamos convenido, estos fueron especialmente largos. Ansioso por conocer a aquellos que, por la red, habían manifestado practicar, con gusto, la misma afición que me desvelaba.
No fui el primero en llegar por el horario del trabajo y los encontré charlando tímidamente. El asimov-fanático y su hermano, el corredor, ya estaban allí. Quizá el analista-con-pretensiones-de-escritor, un herbívoro, el fotógrafo-silencioso y la victima-del-twitter también, no recuerdo claramente. Lo que si recuerdo es a una amable niña que nunca mas regresó, dicen las malas lenguas que por culpa mía, vaya usted a saber, quizá solo es otro mito urbano.
Lo más inolvidable de esa hermosa e intensa tarde fue la acalorada discusión sobre temas que nos eran comunes. A pesar de ser la primera vez que nos reuníamos, pareció como si solo estuviésemos retomando una charla que habíamos dejado pendiente de nuestras vidas anteriores. Libros, personajes, filosofía, realidad y ficción fueron diseccionados sobre la mesa junto a la pizza y el abundante café. Hasta la intimidad de los cerdos fue analizada en detalle.
Muchos asesinatos han sucedido en nuestra Guatemala desde entonces y las reuniones se han vuelto escasas, pero la pasión por la lectura continúa viva en cada uno de nosotros. Ha sido impresionante descubrir en LC a tanto lector que desafía las estadísticas de analfabetismo funcional. Sería injusto mencionar algunos de los impresionantes lectores y seudo-greko-lectores que he conocido, porque seguramente caería en pecado de omisión y no bastarían tres palmadas en el pecho y aceptar por mi culpa, por mi culpa y por mi culpa, para excusarme.
Hay muchas anécdotas, muchas historias escritas y seguramente, dada nuestra juventud, muchas letras e ideas brotaran de nuestras yemas. Anécdotas, historias, letras e ideas que llevan nuestro sello de buenos chapines lectores.
Hemos disfrutado la visita de insignes escritores guatemaltecos, unos mas pintorescos que otros, y todos han aportando valiosas ideas a nuestras inquietas mentes. Recuerdo al autor que casi decapitó a la lectora zacapaneca-fan-de-Salander y al otro que cuando se aburrió del éxito en sus negocios se dedicó a regalarnos hermosos e instructivos libros históricos sobre nuestro país. Un escritor-periodista nos amenazó con llevar su guitarra, pero al final no cumplió. Un forzudo filósofo llego una vez a aclarar nuestras ideas sobre una polémica doñita que está dando mucho que hablar. Todas las visitas muy valiosas y valoradas por la comunidad.
Hoy seguimos compartiendo, ya no en persona, pero si en línea y cada vez somos mas. Decía Cabral que los buenos somos más, pues nosotros somos de los buenos que hay en este país y estamos haciendo bulla, tal vez muy quedo, pero bulla al fin y seguimos adelante, con sueños y proyectos a los que deseamos invitarlos para sean y sigan siendo parte de este pretencioso espacio, suyo y nuestro, desde donde aportamos para empezar a reconstruir nuestra desangrada Guatemala.
Que viene…??
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Aroldo Orellana — @elultimodepaz
Guatemala Quetzalteco, aprendiz en el oficio de vivir feliz. Hago públicas las reflexiones a las que me veo obligado durante mi breve tránsito por esta existencia que pretendo convertir en vida.
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Una de las ventajas de pertenecer a un grupo de lectores es que con la colaboración de los miembros del club es posible encontrar mejores respuestas a nuestras inquietudes individuales.
Recientemente me inquietó averiguar cual es la diferencia entre las novelas de la tele y las novelas que leemos los noveleros “cultos”. Lo único que se me ocurrió, para resolver mi inquietud, fue hacerla pública, he aquí las respuestas proporcionadas, mezcladas con mis posteriores conclusiones personales:
Aquí ya no solo presento las conclusiones a las que arribamos en el club, pero estas fueron las que finalmente provocó la discusión con otras mentes activas.
En las reuniones de LC siempre sacamos conclusiones interesantes y ha sido inevitable aprender algo, quizá un buen propósito de año nuevo sea reanudar nuestras reuniones periódicas.
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Aroldo - @Elultimodepaz
Aprendiz del oficio de vivir feliz
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©2010. Postage by Greg Cooper. Icons by P.J. Onori. Thanks to Jamie Cassidy & Panic.
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