
Dicen que la música y el gusto por la lectura es algo que traigo en la sangre. Hay estudios que parecen comprobar esta teoría, o al menos a hacerla más creíble.
Desde que tengo memoria siempre habían libros en la casa. Los oficios de mis papás y mis abuelos habían formado una buena biblioteca a la que yo tenía acceso pero que a corta edad no me interesé en examinar. En la casa de mi abuelita había una gran librera que me encantaba ver porque tenía (y hasta la fecha mantiene) una gran colección de novelas de la misma editorial, y sus lomos con la misma forma pero colores diferentes lucían muy bien en los estantes más altos.
Pero yo tuve mis propios libros desde pequeña. No teníamos grandes lujos, pero mis papás siempre se preocuparon por tenernos lo mejor en libros de consulta lo que también incluía una hermosa colección de 10 tomos llenos de cuentos clásicos bellamente ilustrados. Los libros siguen allí, con sus lomos un tanto rotos por las tantas veces que fueron jalados para leerse durante mis primeros 10 años.
Dicen que aprendí a leer porque yo era curiosa y preguntaba cada vez que veía una letra nueva, pero creo que si mi mamá no hubiera sabido cómo enseñarme y hubiera tenido esa paciencia, no habría aprendido a tan temprana edad.
Pero fue más que eso, ella primero nos leía por las noches, unos libros que ella mantenía y que ahora ni pasta tienen. No recuerdo cómo fue que aprendí a leer, lo que sé es lo que me han contado, así que mis memorias no incluyen un tiempo en el que no estuviera leyendo. Ella nos leía a mi hermana y a mí, ella se inventaba historias que ni siquiera tenían sentido. Más tarde yo era la que le leía a mi hermana, luego era yo quien inventaba historias.
Dicen que la música y el gusto por la lectura es algo que traigo en la sangre. Tal vez sólo imitaba a mi madre.
Me ha tocado publicar mi columna en este día tan especial, y pienso que es una coincidencia afortunada porque cada vez que pienso en la lectura no puedo evitar relacionarlo con mi mamá.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
http://maitesanchez.net

No tengo tiempo de leer. En verdad, no tengo tiempo. Me paso el día entre los trabajos de diseño, revisar el facebook y el twitter -que también es parte de mi trabajo- y contestar los mensajes que me dejan. Le robo unos minutos a mi hora de almuerzo para revisar un par de líneas de alguno de mis proyectos, algunos que no ven la luz pero necesito sacarlos de mi.
Sí, quizá pierdo mi tiempo mientras veo mis comics favoritos que han actualizado en el último mes que no revisé los feeds que se acumulan en el reader, pero quizá no es una total pérdida cuando alguno de ellos me da una referencia a aquella escena que no sé cómo dibujar en uno de mis comics.
Quizá podría usar ese par de minutos que me toma revisar mi timeline personal de twitter. Pero a pesar de que ya no escribes tanto, aún te sientes conectada a esa gente con la que has intercambiado ideas por más de 2 años.
No tengo tiempo de leer. Se me acumulan los posts sin examinar en otra carpeta del reader donde están esos blogs de los que no puedo perderme sus historias. Así que en ese inusual tiempo libre que queda cuando terminas una tarea y no tienes pendientes hago lo posible por ponerme al día.
El libro en mi bolsa está un poco maltratado de los mil viajes que ha hecho conmigo, esperando que el camino sea lo bastante largo e iluminado para que logre avanzar algunas páginas, cosa que rara vez ocurre. Ya no es como en mi tiempo de estudiante, cuando la hora que me tomaba llegar hasta la universidad me proporcionaba el mejor tiempo de lectura (o de siesta, si la noche anterior había sido difícil).
Al llegar a casa, si no estoy muy cansada, me esperan tantas otras cosas que he estado posponiendo. El tiempo con mi familia, el dibujo que también forma parte de mi vida, ese capítulo que está esperando ser escrito, y algunas otras obligaciones.
El celular es ya una extensión de mi mano. Lo cargo siempre conmigo, es más que una adicción o una herramienta, es también mi biblioteca personal. Le tengo dos o tres libros cargados por si me da tiempo, pero casi tienen el mismo destino que el libro de mi bolsa.
La hora de dormir llega y de debajo de las almohadas surge un libro y una lamparita adosada a él. Diez minutos, incluso menos, es todo lo que puedo luchar contra el sueño aunque quisiera leer una página más, un párrafo más, una palabra más.
No tengo tiempo de leer, irónico como es, no tengo un tiempo de leer porque cualquier tiempo es tiempo de leer.
P.D. Mis más sinceras disculpas por la ausencia de esta columna el mes pasado y gracias a quienes me hicieron saber que se notó la ausencia. Daré lo mejor para que no vuelva a ocurrir.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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Make-believe es la forma en que el idioma inglés define al juego en el que pretendíamos representar un papel de superhéroe, de madre de cinco, dama de sociedad en su fiesta de té o constructor de ciudades. De niños, las historias venían por sí solas y no importaba si era muy ridícula o jugabas siempre a lo mismo, eran tus aventuras y ninguna película podría haberlas igualado.
Cuando se es niño, todo es desconocido, todo es nuevo. Es tan bello observar cómo una pequeña se sorprende la primera vez que ve un avión pasar a baja altura o la primera vez que rompe una piñata. Esa capacidad de sorprenderse tan maravillosa de los primeros años. Y todo es curiosidad, todo causa deseos de abrirlo, desarmarlo, ver cómo funciona.
Pero crecimos, jugar al make-believe ya no era socialmente aceptado. Algunos olvidaron soñar, otros siguieron pretendiendo aunque con distintos roles para intentar encajar en un grupo. Otros lo guardamos en secreto, encerrando el juego en hojas de papel y haciendo que las letras hicieran el rol que nosotros hacíamos de pequeños, y las historias seguían llegando a nuestras mentes quizá con un poco más de complejidad y dramatismo que antes.
Una biblioteca llena de libros es la oportunidad de revivir aquellos juegos de niños cuando pretendías que ibas a una jungla o que eras Tarzán y rescatabas a Jane. Ya no brincarás de sillón a sillón, pero tu mente recorrerá cada árbol y se balanceará en cada liana que lo haga el protagonista.
Aquellas historias de romance que representabas con tu Barbie y cualquier muñeco que se te cruzara enfrente (si eras de las que no tenían a Ken) ahora son reproducidas en tu mente gracias a las palabras de un autor, desde el drama hasta el final feliz.
Y la curiosidad tampoco desaparece. Aún queremos saber cómo funcionan las cosas, pero recurrimos a las letras impresas o digitales que nos enseñan los secretos que antes no entendíamos.
Leer, escribir, jugar con las letras, descubrir secretos. ¿Es tan diferente a lo que hacíamos cuando éramos niños?
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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Ya sea en la librería o en las ferias del libro, mientras recorremos con la vista los estantes en busca de algún título conocido o muy recomendado se despliegan ante nuestros ojos algunos que nunca habíamos escuchado o del que tenemos una vaga referencia. No puedo evitar pensar en que alguno de esos debe ser una obra maestra y me lo estoy perdiendo, pero son tantos que no llego a hojearlos todos.
En los últimos años, el dicho “No juzgues a un libro por su portada” ha ido cambiando y he escuchado a muchos repetir “No juzgues a un libro por su película”.
Juzgar al libro por su portada
La primera premisa es cierta. He visto portadas preciosas que encierran libros que no me gustaron, y he visto portadas muy malas que tienen un excelente libro en su interior. Hace un par de años, con el éxito que tuvieron los libros de Twilight, las librerías se llenaron de libros con portadas negras y detalles rojos y blancos. Incluso quienes publicaron la trilogía Milennium en español cayeron en esta práctica aunque sus portadas están mucho mejor logradas que la mayoría que hizo esto.
Hace poco vi un blog de un diseñador que había hecho una portada para la novela de un amigo y esta reflejaba todo su estilo artístico con un poco de influencia en la tendencia de diseño que domina la edición nacional de los últimos años, pero leyendo su descripción me sorprendió saber que no había leído el libro.
Como diseñadora sé que la portada debe vender, por lo que debe ser muy atractiva y hacer que el libro resalte en donde sea exhibido, pero también creo que debería contar algo de su interior, tener tanto simbolismo como lo tiene el título del libro e incluso como la primera línea.
Si los ojos de una persona reflejan el sentimiento de su corazón, la portada del libro debería ser como los ojos de la novela.
Juzgar al libro por su película
Esta premisa no es del todo cierta. La película te permite juzgar el libro en cierta forma, sin embargo, por años ha existido el debate si es mejor leer el libro que ver sus películas, o qué acción tomar primero.
1. Película luego libro
Ver primero la película tiene su ventaja, si te gustó la historia que viste seguro te gustará mucho más al leerla. La desventaja es que ya no tendrá aquella sorpresa al darle vuelta a cada página.
2. Libro luego película
Leer primero el libro es lo que la mayoría aconseja y es muy ventajoso porque estás explorando un mundo nuevo y confiando sólo en tu imaginación. Lo malo es que muchas veces no tienes pista sobre la historia y puede que no te guste.
3. Sólo el libro o sólo la película
Los lados extremistas: “Si fue creado como libro, como libro debería quedarse, ¿o no?” “Si puedo ver la película, para qué leer el libro”.
A modo personal, no creo que éstas afirmaciones sean del todo ciertas, pero sí creo que si un libro va a ser llevado a película debe hacerle justicia (aunque no esté 100% literal), y que así las personas que no gustan de la lectura no se pierdan de las maravillosas historias que crearon los escritores.
Y la segunda, si ya viste la película, te va a gustar más el libro e incluso vas a entender más de lo que sucede.
Al principio de mi vida como lectora leía libros de los cuales ya había visto la película, los buscaba con ahínco. Esa fantástica sensación cuando la escena que más te gustó tiene mejores detalles en el libro que estimulan tu imaginación.
El siguiente episodio sobre libros/películas pertenece a Harry Potter. En la TV ya estaba la película 4 cuando yo comencé a leer, descubrí muchos detalles que no había visto en las películas y estaba muy emocionada. y acababa de terminar el libro 5 cuando ví su película, con lo que me sentí muy descepcionada por ésta y cómo habían cambiado la historia. Cuando salió la sexta película yo ya había terminado la saga, pero un amigo no y pude estar atenta a su sorpresa al llegar el final de la película, así que lo disfruté.
Ahora procuro no ver una película hasta haber leído el libro, y lo mismo aplica para la serie de televisión, como es el caso de Juego de Tronos. Me hice adicta a la sorpresa del libro, aunque aún sigo leyendo aquellos libros de las películas que ya ví.
¿Qué opinan ustedes? ¿Qué otras formas hay para juzgar a un libro sin leerlo?
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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No recuerdo bien cómo ocurrió, yo tenía unos 12 años. Me encontraba en una tarde de ocio, probablemente no tenía tareas o quizá estaba de vacaciones y mi tiempo libre era ilimitado. Sí recuerdo que era sábado y que estaba viendo el Azteca 7, ya que por aquellos días acostumbraban emitir películas anime a eso de las 2 o 3.
Esa tarde era la película de las Guerreras Mágicas (Magic Knight Rayeheart). Apenas había visto un par de capítulos y no entendía bien qué era lo que ocurría, pero me quedé viéndola hasta que me quedé dormida —o quizá comencé a soñar despierta— y me encontré en un mundo no muy diferente al nuestro donde vivía una joven con poderes mágicos.
La acompañé durante varios meses, mientras se me aparecía en medio de las clases y me alertaba de la presencia de un monstruo que amenazaba con hacerle daño a sus amigos. Luego no fue solo ella, tuvo ayuda y junto a la llegada de más personajes aparecieron nuevos conflictos.
Su mundo siguió clamando mi atención durante los años siguientes. Cada vez que creía que le había puesto el punto final a la historia, un nuevo villano aparecía. Al fin, decidí cerrar toda su historia en el tercer libro.
Lo siguiente sí lo recuerdo, aunque no con claridad. Estaba ya en el segundo año de carrera y teníamos un período libre. Estaba garabateando en mi cuaderno de escritura de aquel año y las palabras fueron formando una historia sobre un detective sobrenatural. Una página fue lo más que pude dedicarle a aquel personaje, pero no me resultaba extraño pues tenía ya varios cuentos sin terminar y creí que aquel sería uno más. Aquello sirvió para desatar una época de mucha creatividad, mas poca productividad. Me vi trabajando en seis historias diferentes que parecían no tener relación, cuando de pronto todas llegaron a un punto en el que sus similitudes me lo revelaron. Estaba trabajando en historias que ocurrían en el mismo mundo que aquella que consideraba terminada.
Aquello me hizo darle una vuelta más. Regresé al mundo de mi primera heroína y escribí un libro más que daría pie al magno evento que se provocaba al juntar todas las historias. Jamás terminé de escribir este crossover, pero la historia de la joven y sus amigos se extendió por tres libros más.
Terminé de escribirlo una noche de vacaciones, bajo la luz de mi mesita de noche en un viejo cuaderno maltratado por la inspiración de estar escribiendo el último de siete libros. Una gotera se llevó los últimos capítulos de aquella obra antes de que pudiera digitarlos, pero la idea de que lo había terminado me hizo sentir… Bueno, para ser sincera, me hizo sentir deprimida porque le había tomado mucho cariño a la historia. Pero lo había terminado. Hasta ese momento era mi primer trabajo terminado y estaba muy satisfecha.
Regresé a aquel libro primero que ya había sufrido unas cuantas transformaciones luego de la primera versión. Me llevé una gran desilusión. ¡Qué era aquello? Le tenía tanto cariño a la historia y me topo con algo que… que… que… me daba vergüenza.
Lo ignoré con toda mi fuerza por dos años, me distraje con otros proyectos y dejé de lado las historias de fantasía. Las ideas venían, pero los proyectos que se concretaron eran más de ficción realista.
Y llegó Workaholic Tour y las novelas que le siguieron. Me sentía cómoda, las historias me satisfacían, subí a otro nivel y me atreví a enseñar por primera vez lo que escribía.
Pero seguía suspirando por aquella historia. Me distraía diciendo que la iba a volver cómic, pero aquello nunca se concretó. Me asustaba lo largo de la historia y mi poca habilidad para dibujar.
Decidí no darle más vueltas al asunto y un día de tantos comencé a reescribirla. Todo avanzó bien, conocía a mis personajes y sus personalidades, pero se rehusaban a comportarse y hacer lo mismo que la primera vez. Apenas llegué al segundo capítulo y me peleé con la historia. No estaba lista para enfrentarme a ese reto.
Comencé a leer manga, sobre todo aquellos cuyo anime vi cuando era pequeña. Uno derrumbó mi mundo y me reveló por qué mis personajes estaban tan rebeldes. Se rehusaban a actuar en una historia tan similar.
¡Lo peor! Estaba a menos de un mes del NaNoWrimo y me había propuesto escribirla para este año. Me sentí en un abismo por algunos días hasta que mi heroína me mostró su nuevo mundo, aquel en el que viviríamos ambas durante el próximo mes. ¡Esa era la respuesta! No podía escribir la misma historia, tenía que hacerla nueva, hacerla completamente mía.
Un mes no me alcanzó para conocer bien aquel mundo. Pasaremos juntas varios años, pero la historia se sigue escribiendo, una historia que está muy unida a mi propia historia.
Posdata:
El retraso de mi columna no fue intencional, pero me alegra que ocurriera pues puedo felicitar a Lectores Chapines por sus tres años de funcionamiento. Me siento muy feliz de formar parte de este maravilloso proyecto.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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Epidemias, profecías mayas o de cualquier civilización antigua o moderna, invasiones extraterrestres, cambio climático, meteoritos, guerras nucleares, computadoras que enloquecen, la influencia de un número. El fin del mundo tiene muchas caras en el colectivo imaginario.
La mayoría de mis referencias viene del séptimo arte. En las películas, una de las razones arriba mencionadas amenaza con ser la definitiva destrucción del mundo. Sin embargo, en todas ellas ocurre que alguien tiene la solución para hacer que unos cuantos sobrevivan y reconstruyan el mundo como misión post-apocalíptica.
Esto me hace pensar lo irónico que resulta hablar del fin del mundo en estas obras, cuando en realidad nunca se acaba, la humanidad (o alguna otra especie) sigue sobreviviendo, el mundo sigue en pie, un tanto licuado… y sin embargo, se mueve.
Me gusta esta ironía, quizá porque las teorías del fin del mundo resultan un poco irónicas también. Sólo hay que ver cuántos “fin del mundo” hemos pasado en los últimos años.
Entre mis lecturas oficiales, sólo cuento con Finis Mundi como novela de tema apocalíptico. Es un libro publicado por la colección Barco de Vapor y escrito por Laura Gallego García. Ambientado en la antesala del año mil, nos narra las aventuras de un monje, un juglar y una bruja que buscan la Rueda del Tiempo para salvar al mundo. Su planteamiento implicaría que en este momento estamos viviendo en un segundo período post-apocalíptico. Tiene una mejor lógica, lo que reduce la ironía, porque desde el inicio se establece la posibilidad de hacer que el fin del mundo no ocurra.
Me atrevo a traicionar un secreto aquí, aunque sea un poco. Mi uso favorito de esta ironía del fin del mundo viene de una novela que aún no sale a la luz y que sólo pocos hemos tenido el honor de leer. Su autora resume este efecto en una sencilla frase: “…hace más de mil años, cuando sucedió el Fin del Mundo”.
¿Cuándo se va a acabar el mundo? Quien sabe. Puede ser mañana, así que mi próxima columna será post-apocalíptica.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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Recién concluyó el reto de los 50 libros o 25 libros. Este año hubieron varios que tuvieron éxito y alcanzaron la añorada cifra y no titubearon en volver a apuntarse. Muchos, como yo, no llegamos a la meta y sin embargo, no nos desanimamos sino que decidimos darle una segunda o tercera oportunidad. Nos gusta leer, hacerlo por una meta no va a cambiar eso y no se trata de una competencia, no obtendremos más premio que nuestra propia satisfacción.
En lo personal, a mí me quedan dos satisfacciones. La primera es que aunque no llegara a la meta, nadie me podrá quitar las maravillosas horas que pasé inmersa en las fantásticas páginas de cada uno de los libros que logré leer este año. La segunda es una competencia conmigo misma, tratando siempre de leer más libros que el año anterior.
El reto volverá en noviembre, lo que me hizo relacionarlo con otro reto que también se lleva a cabo ese mes: el NaNoWriMo.
El National Novel Writing Month (aunque es internacional) trata de reunir a escritores en todo el mundo con una meta en común, escribir una novela de 50,000 palabras en 30 días. Varios años creí que era una locura, virtualmente imposible y aún así quería participar. El año anterior lo hice y logré tener éxito y esa novela no resultó una completa basura. Luego de varias ediciones y ayuda ya hay un producto casi preparado para su publicación.
Sé que mucho depende de las circunstancias y de la inspiración, y que cada persona trabaja a su modo, pero aún así me sorprende ver que hay tantas personas dispuestas a entrar en esa locura de luchar contra el tiempo para obtener la mayor cantidad de palabras y una línea argumental a veces sin planificación.
Quizá solo es masoquismo.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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©2010. Postage by Greg Cooper. Icons by P.J. Onori. Thanks to Jamie Cassidy & Panic.
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