— Por Maite Sánchez.
Hacer la reseña de un libro parece ser un trabajo de críticos que tienen amplio conocimiento del mundo literario, pero durante este tiempo me he dado cuenta que cualquiera puede hacer una reseña que invite a leer.

Cada uno tiene su estilo al hacer las reseñas. Algunos cuentan el libro entero, otros se limitan a sus impresiones. Resaltar las mejores frases de lo leído puede ayudar. Mi estilo ha ido cambiando desde que comencé con las reseñas de mis lecturas, pero siempre me apego a no revelar demasiado para no arruinar la sorpresa de futuros lectores.
Pero hacer una reseña también tiene su receta adaptable a todos los gustos.
1. Información bibliográfica
En el caso de una novela, los datos más importantes son el título y autor del libro. En algunos casos es importante que añadas la editorial o sitio de distribución (por ejemplo, en libros de impresión bajo demanda) Cuantos datos puedas agregar que creas necesario que se sepa, sobre todo si se trata de traducciones y recomiendas alguna. En este caso, el título en su idioma original también sería de gran valor. Si recomiendas alguna edición por sus ilustraciones, etc.
Los libros técnicos requerirán de muchos más datos. Todo lo que facilite que los lectores interesados encuentren el libro que reseñas.
El género y una breve sinopsis no deberán faltar. Incluso puedes incluir el texto de contraportada. Lo ideal es que relates lo esencial de la novela, pero sin delatar el final.
2. Pros y Contras del libro
Critica todo lo que hayas visto. Para mí ha sido especialmente difícil no escribir sólo lo bueno de un libro que me encantó y no irme hacia todo lo malo de una novela que no me gustó.
Algunos puntos en los que te puedes detener son:
La narración, el vocabulario, la trama, el desarrollo de la historia, el desenlace, los personajes, el diálogo, el contexto, el tema, la traducción, la portada, el título.
3. Conclusión personal
¿Recomiendas leerla? ¿Tienes alguna puntuación para el libro? ¿Hay algún caso para el cual no la recomendarías?
Antes de dar la conclusión personal puedes enriquecer la reseña con lo que se te ocurra, como vínculos a otros artículo, tus fragmentos favoritos, lo que se te ocurra.
Pero la conclusión siempre debe ir al final, porque hay muchos que no leen la reseña sino que se saltan al último párrafo. Sobre todo, aquellos que prefieren entrar a oscuras en un libro.
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Imagen por Judy Baxter, bajo licencia Creative Commons by-nc-sa.

¿Recuerdan cómo era su vida antes de aprender a leer?
Yo no lo recuerdo, pero imagino que debió ser como veo ahora el japonés. Reconozco algunos signos porque ya los he visto antes, mas no tengo idea de cómo suenan ni lo que dicen en conjunto.
No lo recuerdo, pero sé que aprender a leer me cambió la vida.
Nos pasamos leyendo todo el día. Incluso si eres de aquellos que dicen que no les gusta leer, la mayor parte de su día tienen un encuentro con las letras. Al despertar, leen el despertador. En el baño siempre hay un bote de shampoo cuyos ingredientes de pronto causan cierta curiosidad. La caja de cereal que siempre está en la mesa del desayuno es otra lectura favorita de muchos.
El periódico, los resúmenes en línea, suscripciones en correo, twitter, facebook… todos implican leer un poco, así sólo nos detengamos a ojear los titulares.
Y a que todos hemos jugado con la sopa de letras a ver si nos sale algún mensaje coherente.
Hay algo mecánico también en la lectura. Algunas marcas ya no las leemos, las tenemos grabadas en la mente y así estén mal escritas, seguimos viendo la misma palabra. Mas de alguna vez nos hemos cruzado con ese hecho curioso que dice que no importa en qué orden estén las letras de una palabra, porque aún así la lograremos entender.
Sin embargo, aún no hay nadie que se tome el tiempo de investigar por qué cuando hemos estado trabajando largo rato en un archivo y al cerrar el programa nos muestra el mensaje de si queremos guardar cambios, en lugar de presionar “SI” el mouse se desvíe hacia “NO”.
Un minuto de silencio por los artículos que nunca verán la luz.
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Maite Sánchez — @maiat
Diseñadora Gráfica
http://maitesanchez.net

Hay algo maravillosamente atractivo en contar una historia y dejarla inmortalizada en alguna forma. Al pensar en contar una historia, es probable que se piense en la tradición oral, o bien, en los cuentos, poemas y novelas en los que escritores han dejado plasmados los frutos de su imaginación o investigación. De estas dos maneras de contar historias se derivan muchas otras o se mezclan con otras expresiones artísticas para cumplir un cometido, ya sea el entretenimiento, la información o educación de su público.
Desde los inicios de la civilización hay muestras de la necesidad de contar una historia, la de las partidas de cacería. Antes de la invención de la escritura, la pintura fue la preferida de los narradores. Los pictogramas se conservan hasta ahora y relatan aspectos significativos de las antiguas civilizaciones. Sin embargo, la escritura hizo posible que fragmentos mayores de historia llegaran casi literales hasta nuestra era. Junto con la literatura griega, conocemos sus creencias e ideales. Pero también nos ha llegado otra forma de contar historias: El teatro. Obras como Edipo Rey, que ya son parte de la cultura general y que se preservaron gracias a la escritura.
Aunque la escritura ya existía, la capacidad de reproducir los contenidos de un escrito y difundirlos por todo el mundo conocido era muy limitada. Otra forma de contar historias surgió acompañada de la música. Los juglares debían aprenderse poemas épicos y cantarlos en las plazas, llevando noticias de un lugar a otro. Así surgieron cantares como el del Mio Cid y del Roldan que para algunos ha venido a ser una tortura como lectura, pero debió ser una joya como canto o recitado.
La música nos ha ayudado a preservar muchas historias que luego fueron transcritas y adaptadas. Ópera y Ballet han tenido su coparticipación en el oficio de contar historias. En la Ópera se unen la música, el teatro y la poesía; en el Ballet, el teatro y la música.
En ésta época, cuando es más sencillo que las letras lleguen a nosotros, parece que regresamos a nuestros orígenes y se prefiere lo pictórico a lo literario. Las historias tienen una nueva forma de llegar a nosotros, por medio del cine y la televisión. Imágenes en movimiento que representan la historia con actores o animaciones complejas. De cualquier forma, hay letras detrás de estas obras. Los libretos deben escribirse con igual esmero que aquellas obras de teatro que representaban en los teatros griegos. Los escritores ya no trabajan en completa soledad y unen sus ideas para crear una historia que cautivará a miles de espectadores. Aunque también existe el lado oscuro de los creadores de guiones que se dedican a destrozar las maravillosas tramas de los libros que conocemos.
Los guiones también pueden ser origen para otro tipo de narrativa, el de los cómics y novelas gráficas. En una sola viñeta, un dibujante es capaz de contar una breve historia. Hasta algunos videojuegos necesitan contar una historia para atraer a más jugadores.
“Todos tenemos una historia qué contar”, dijo Victor Muñoz cuando nos honró con su presencia en la reunión de lectores chapines. Si no eres diestro con la literatura, hay muchas otras formas de contarla. Somos Contadores de Historias.
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Maite Sánchez — @maiat
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
http://maitesanchez.net

Existen cosas de las que uno no se percata hasta que da el salto de lector a escritor. Una de ellas es qué tan importantes son algunas líneas en la obra que estás creando.
Escribir la primera línea es una de las cosas más difíciles al momento de crear una novela. Aunque se puede iniciar desde cualquier punto de la historia, el comenzar a escribir siempre ha sido la primera prueba que todo autor. En esa primera línea se define la voz del narrador que deberá conservarse por todo el escrito.
Pero hay otro tipo de primera línea que también plantea cierto nivel de dificultad y es la que el lector encontrará al examinar el libro. En esta línea inicial debe ir la esencia de la historia, explicarla sin arruinar la sorpresa, enganchar al lector como un anzuelo apetitoso que le haga desear llegar hasta la última página. Es por eso que es muchos autores la dejan para el final, cuando el libro ya tiene forma.
El dicho “los últimos serán los primeros” cobra mucha validez con cierto tipo de lector que acostumbra examinar la última página para decidir si el libro vale la pena su tiempo. Para muchos podría parecer una herejía, pero los autores tienen un nuevo reto al tratar que sus últimas líneas sea tan conclusivas como introductoras.
En las líneas del diálogo conocemos a los personajes. Por sus frases, por su forma de hablar, por los incisos colocados por el escritor… Cada uno de estos detalles debe lograr que el lector empatice y conviva con los personajes como si fueran viejos conocidos.
Al final, hay otras líneas tan importantes sobre las cuales no se tiene control y son aquellas que causarán que el lector marque el libro de alguna manera y que probablemente sean las que todo el mundo reconozca aunque nunca haya leído el libro. Estas son las líneas inmortales.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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“¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación! De igual modo Romeo, aunque Romeo no se llamara, conservaría sin este título las raras perfecciones que atesora”.
En el romanticismo de la obra Romeo y Julieta descubrimos que poco importa un nombre para aquellos que se aman, pero a la literatura sí que le importa el nombre de un personaje. Romeo y Julieta son ejemplos de esto. En el lenguaje actual es común referirse a un muchacho enamorado como “Romeo”. Referirse a las chicas como Julieta no es tan común cuando se habla con ellas, sino cuando se menciona a la pretendida por el mencionado Romeo.
¿Los mujeriegos serían Don Juanes si no fuera porque su autor llamó así al protagonista seductor de la obra que lleva su nombre? Varias veces se oye nombrar a Sherlock cuando algún investigador de TV o Cine hace un descubrimiento de gran importancia para la trama. También aparece Mr. Hyde al referirse al lado oscuro de una persona. Un sueño imposible o muy loco suele llamarse quijotesco debido al maravilloso personaje Don Quijote de la Mancha. Edipo Rey y su madre prestan sus nombres a complejos estudiados por la psicología, e incluso Narciso captó la atención de Freud para nombrar a la extrema vanidad. Odiseo logró la inmortalidad al dar su nombre a todas las aventuras que cualquier personaje futuro pudiera enfrentar. Los cuentos tampoco se salvan: Cenicienta encarna a casi todas las mujeres esclavizadas a su casa y que no encuentran tiempo para salir a divertirse.
¿Qué hay en un nombre? Puede que nada, todos estos personajes pudieron haberse llamado de cualquier otra forma, pero son sus proezas las que hicieron que sus nombres se volvieran inmortales.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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Tenía 3 años cuando aprendí a leer y ya no me detuve. Leía cuentos y revistas infantiles que mi mamá me procuraba, además de los cortos textos de mi libro de Idioma Español, que para fin de año ya había leido unas diez veces. Había leído libros, pero todos eran antologías de cuentos y fábulas.
A los 10 descubrí las novelas. Torre de Papel me brindó el primer libro, el cual no entendí a esa edad y hace poco lo releí para descubrir que no era un libro apropiado para niños, aunque así lo vendieran. A partir de ese año comencé a hojear los libros que mi mamá tenía en los estantes.
Pronto comenzaría a leer por obligación. Tenía casi 12 años y comenzaba primero básico. La maestra de Idioma, la seño Sara, nos advirtió desde el primer día que debíamos buscar tres libros escritos por autores guatemaltecos. Llegué a mi casa a preguntar cuales estaban entre los muchos que veía y me señalaron varios. Recuerdo cinco de ellos: tres de Flavio Herrera y dos de Virgilio Rodríguez Macal.
Escogí el primer libro: El mundo del misterio verde. Lo devoré en menos de una semana, incluso volví a leerlo poco antes de que la comprobación de lectura comenzara. Me había encantado, así que seguí con el otro del mismo autor: La mansión del pájaro serpiente.
La visión fantástica del reino animal me fascinó. Ese año comencé a escribir. Hoy puedo decir que fue gracias a esos dos libros que me animé, pues coincidió la llegada de Melody, la mascota de la familia, que fue el primer personaje de una de mis historias que quise escribir imitando a Rodríguez Macal. Claro que no lo logré, pero al menos me sirvió de impulso.
El tercer libro que leí ese año fue El Tigre, de Flavio Herrera. A pesar de ser un libro corto, no recuerdo mucho sobre este, quizá porque no comprendía los conflictos que retrataba. Lo que sí tengo presente es que fue el primer libro donde leí una mala palabra.
No volví a leer un autor guatemalteco en largo tiempo. Tuve la intención, dos años después, de leer El Señor Presidente, pero me apena decir que jamás pasé de la segunda hoja.
No fue hasta que me uní a Lectores Chapines que volví a disfrutar de un texto chapín. La Rebelión de los Zendales marcó también la primera reunión de Lectores a la que asistí y conocí al autor. Le siguieron varios otros libros y sus autores: Posdata: Ya no regreso y Victor Muñoz con su valiosa lección de que hay muchas historias por contar pero falta quien las cuente. Recuerda siempre cuanto te amo, fruto de Omar Velasquez, otro Lector Chapín y columnista de este blog. Volví a leer a Ronald Flores con Ultimo Silencio y tengo pendientes un par de libros más. No tantos como quisiera.
También he leído algunos textos inéditos de otros géneros que me hacen admirar la calidad de escritores que hay en nuestro país. Sólo hay que ver cómo resultaron nuestros ejercicios del Viaje Escritor en sus pocas ediciones.
Somos Lectores y Escritores chapines.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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Recién concluyó el reto de los 50 libros o 25 libros. Este año hubieron varios que tuvieron éxito y alcanzaron la añorada cifra y no titubearon en volver a apuntarse. Muchos, como yo, no llegamos a la meta y sin embargo, no nos desanimamos sino que decidimos darle una segunda o tercera oportunidad. Nos gusta leer, hacerlo por una meta no va a cambiar eso y no se trata de una competencia, no obtendremos más premio que nuestra propia satisfacción.
En lo personal, a mí me quedan dos satisfacciones. La primera es que aunque no llegara a la meta, nadie me podrá quitar las maravillosas horas que pasé inmersa en las fantásticas páginas de cada uno de los libros que logré leer este año. La segunda es una competencia conmigo misma, tratando siempre de leer más libros que el año anterior.
El reto volverá en noviembre, lo que me hizo relacionarlo con otro reto que también se lleva a cabo ese mes: el NaNoWriMo.
El National Novel Writing Month (aunque es internacional) trata de reunir a escritores en todo el mundo con una meta en común, escribir una novela de 50,000 palabras en 30 días. Varios años creí que era una locura, virtualmente imposible y aún así quería participar. El año anterior lo hice y logré tener éxito y esa novela no resultó una completa basura. Luego de varias ediciones y ayuda ya hay un producto casi preparado para su publicación.
Sé que mucho depende de las circunstancias y de la inspiración, y que cada persona trabaja a su modo, pero aún así me sorprende ver que hay tantas personas dispuestas a entrar en esa locura de luchar contra el tiempo para obtener la mayor cantidad de palabras y una línea argumental a veces sin planificación.
Quizá solo es masoquismo.
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Maite Sánchez — @MaiaT
Diseñadora Gráfica, Lectora sin remedio, Escritora, Dibujante y Contadora de Historias
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©2010. Postage by Greg Cooper. Icons by P.J. Onori. Thanks to Jamie Cassidy & Panic.
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