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Son solo palabras

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No son más que palabras ordenadas —casi siempre—, que intentan contar una historia —cuyo éxito en lograrlo no está garantizado—, las cuales fueron puestas sobre hojas —a pesar de que los tiempos cambian tan drásticamente—, que luego protegieron colocándolas dentro de una portada, una contraportada y un lomo. A veces, vale aclarar, con diseños muy buenos, que intentan llamar tu atención para que les des la oportunidad. Pero siguen siendo solo eso: palabras.

ML

Es cierto, no ha de haber sido fácil plasmarlas en papel. Aunque habrá quien te diga que solo escribe lo que una voz le dicta. A esos no les creas. Son ellos mismos y su ilusión de sentirse escogidos entre el resto de mortales, o es solo algo que dicen como parte de su promoción de venta. Pero independientemente de ello, estamos de acuerdo en que les llevó trabajo —siempre que el texto no haya sido hecho por otro—, incluso si roban frases.

O sea que son palabras, ordenadas, que cuentan algo y que le llevaron trabajo al escritor.

¿Dedicación? No necesariamente, aunque se agradece cuando la hay —son pocos a los que su talento los desliga de tal responsabilidad.

¿Investigación? Tampoco es requisito, aunque debería serlo en muchos casos.

Ten presente que un escritor no adquiere más valor como persona después de publicar su libro. Sus ideas, su percepción de la vida, su capacidad para escribir, el buen manejo del idioma y su creatividad ya habitaban en él, ya eran él mismo. No hay que engrandecerle, si acaso reconocerle, y casi seguro que solo dos cosas: que tuvo dedicación y que decidió compartir.  Su objetivo al publicar ya no es algo que merezca reconocimiento. A lo más, un poco de interés o curiosidad.

Pero algo pasa con la mayoría de lectores —quizá no sea tu caso—, pero ante él las palabras en un libro adquieren proporciones inmensas y significados grandiosos. Pueden ser frases que no digan nada, de forma bonita, y se las respeta. Pueden ser malas historias bien contadas, o buenas historias mal contadas, pero el lector decide castigarse a sí mismo porque no entendió, se echa encima la culpa y libra de la misma al escritor. Éste es libre de escribir contradicciones y sinsentidos, y no faltará quien lo aplauda.

¿Cuántas lágrimas se habrán derramado al leer un poema, más por la circunstancia que la persona atraviesa que por la sagacidad del poeta para tocar el alma?

Te invito a no llamar bueno a lo que es mediocre, y a no llamar fantástico lo que solo es bueno. Sé justo como beneficio para ti mismo. Si lo eres, encontrarás que las cosas que te sorprendan serán realmente grandes. Evita crear recuerdos majestuosos de cualquier texto. Al momento que sean pocos los extrañarás y cuando lleguen lo harán en su justa e inmensa dimensión.  No hagas de ovacionar una costumbre.

Un escritor tiene el ego lo suficientemente grande, tanto como para atreverse a publicar —no importa cuánto lo nieguen—. No necesita de tus alabanzas para hacerle crecer. No regales tu elogio, tenlo en valía y entrégalo cuando alguien en realidad lo merezca. Piensa que todo aquel que necesite vítores y buenas opiniones de sus escritos no puede llamarse a sí mismo escritor.

No les permitas que te vendan como majestuoso lo que no lo es. Ni te enamores de un misticismo inventado, inexistente. Atrévete a reconocer los clichés y las zonas comunes, y desprécialos. No le tengas respeto a un libro por serlo, ténselo cuando sea digno de él. Tampoco se lo tengas por el autor, sin importar cuán buenas sean sus obras anteriores o cuánto sea conocido su nombre. Todos los escritores son capaces de crear malos textos y son pocos quienes escaparon sin mancha.

No le des valor a frases como: “la vida es maravillosa”, sin importar de qué forma te las adornen. Después de todo como persona, y más si eres lector, para ahora ya te habrás dado cuenta de esa realidad, y si la sabes no necesitas que te la regalen, ni comprarla, ya es tuya.

La frase más exquisita que recuerdes, suele tener más estima y peso si la ves en un libro, porque nos acostumbramos a esa reverencia, a ese culto. Las palabras son solo palabras. Las historias, las ideas, la imaginación… esas son las cosas que debes anhelar, disfrutar y atesorar. Sé exigente con el valor de tus tesoros.

Saludos

Sobre el autor

omarvelz
@ovlqz   /   Sitio web
Escritor guatemalteco.

6 Responses to "Son solo palabras"

  1. Samantha Blue Posted on 9 marzo, 2014 at 1:23 PM

    «No le tengas respeto a un libro por serlo, ténselo cuando sea digno de él.» Me inspiró a escribir sobre El lector cómun guatemalteco. Uno que toma muchos (no sólo libros) como algo maravilloso, sólo por serlo.

    • omarvelz Posted on 13 marzo, 2014 at 8:15 AM

      ¿Cuándo veremos el escrito? =P

      • Samantha Blue
        Samantha Blue Posted on 15 marzo, 2014 at 7:37 PM

        Emm… no vera la luz.

  2. Silvia Titus Posted on 10 marzo, 2014 at 3:08 AM

    Interesante texto. No estoy de acuerdo con esto «Un escritor tiene el ego lo suficientemente grande, tanto como para atreverse a publicar —no importa cuánto lo nieguen». No es ego, es valentía porque publicar no es fácil, no importa cuan malo o bueno seas.

    • omarvelz Posted on 13 marzo, 2014 at 8:13 AM

      Las definiciones de ego van desde la conciencia por el «yo», hasta un exceso de autoestima. Si se analiza la historia es fácil encontrar que quienes movieron el mundo haciendo grandes cosas confiaban mucho en sus capacidades (para igual en muchos casos a menor escala). Mi punto con los escritores es que, independientemente de lo bueno o malo de sus escritores, consideran que tienen algo que decir al mundo y que es importante que sea dicho. Luego, estoy de acuerdo contigo en que requiere valentía, pero no es porque consideren poco lo que tienen que decir, sino que la necesitan para someterse al escrutinio público.

  3. Aroldo Orellana Posted on 21 marzo, 2014 at 11:14 PM

    Las palabras del autor se hacen grandes en la medida del lector. Un lector pequeño hará grandes los textos de un autor que quizá solo es un poco mas grande que él mismo. Para saber leer, sólo se logra… leyendo.
    Para juzgar a un autor, entonces, hay que juzgar al lector que emite el juicio.

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