Blog

Cadáver Exquisito I

Categories: General

Decidió entregarse a la muerte.

¿Qué otra cosa le quedaba? Había agotado todas las salidas. Su única opción era morir.

“Esta es tu vida” pensó. “Todo lo que eres ahora es consecuencia de lo que fuiste. Probablemente nunca averiguarás lo que pudiste haber sido. Hoy se acaba todo”

Se sintió en paz. Moría sin haberse rendido nunca. Dejaba buenas cosas atrás, y no se arrepentía de nada, aunque hubiera hecho las cosas un poco diferentes si hubiera sabido hacia donde lo conducían.

Pero moría sabiendo que era su decisión.

Sin embargo, algo detenía su mano, una fuerza, un deseo, un recuerdo ya olvidado que martillaba su mente, su espíritu, oprimía su corazón. ¿Qué era ese sentimiento nunca antes sentido? ¿Sería que al estar al final de su camino estaba cambiando su postura?

¿Sería a caso que, después de tantos años de ser lo que fue, se estuviera retractando? ¿Podría, tal vez, estarse arrepintiendo de todo? o era quizás un sentimiento pasajero, uno de esos que acongoja a los condenados, aquellos que no tienen paz sabiendo que es el fin de sus días.

No, no podía ser; su vida entera fue como quiso que fuera, fue el timón de su barco la decisión que tomaba. Entonces, ¿qué era? ¿Qué podía ser lo que lo detenía? ¿Que era lo que no permitía un disparo certero, un adiós definitivo? Después de mucho meditar encontraba inverosímil la idea de que alguien o algo más pudiera tomar su última decisión, pero entonces qué era, y más importante aún: ¿qué hacer?

Se dejó llevar por sus pensamientos y llegó a aquella tan recordada etapa de su vida en la que surgió de la nada, convirtiéndose en un hombre muy poderoso y rodeado de un ejército de gente fiel que cuidaba de él. Bebía y se drogaba hasta quedar con la mente estúpida y se entregaba a las batallas encarnizadas por mantener su territorio; no le bastaba con obtener cuantiosas fortunas, le gustaba que todos lo supieran. Derrochaba cuanto pudiera en joyas, aviones, casas autos y, sobre todo, disfrutaba con las que él llamaba “mujeres de buena teta”.

Toda su vida luchó con coraje, creó un imperio que difícilmente podía ser quebrantado. Su gente lo quería y respetaba, generó empleo, fundó un hospital, una escuela y, guiado por él, su pueblo rápidamente se convirtió en una de las zonas más prosperas del país.

Fue en esos años en los que conoció a Raquel, la mujer que amaría por el resto de su vida.  Ella, una mujer que idiotizaba a cualquiera con su hermosura, logró encender la llama del placer y del amor y lo marcaría para siempre.

Con su belleza seductora, su carácter y confianza, fue tomando las riendas de una buena parte del  imperio, aprovechando sus atributos físicos para consumar negocios que poco a poco fueron más allá del control de su también amado esposo. Era violenta, manipuladora, amante de las fiestas, joyas y de todos los placeres.

Entre él y Raquel existió una disputa por el poder. “He vencido a hombres muy poderosos” pensó. “Pero he sido subyugado por una mujer hermosa”. 

Su amada había muerto años atrás, fue asesinada por su amante quien había descubierto sus intenciones de quitarle todo cuanto poseía. Él no pudo llegar a tiempo para salvarla.

De pronto, algo lo hizo salir bruscamente de sus pensamientos, alejándolo de sus ya lejanos recuerdos y volvió a su realidad. Iba a morir, pero ya nada le importaba

Al menos eso era lo que quería creer.  Quiso engañarse, pero su fuerza interior podía más que él.  Le recordaba a cada instante que debía luchar.  Entregarse a los brazos de la muerte no era una opción.  No ese día, no en ese momento.

Faltaba algo por hacer, y él lo sabía.  Sabía perfectamente que si no lo hacía, jamás descansaría en paz.  No podía fallarse a sí mismo, y definitivamente no podía fallarle a ella.  Ella contaba con eso.  Lo esperaba con ansias.

¡Si tan sólo pudiera conseguir un día más! Inventarle unas horas al día, cumplir con su promesa, y desaparecer.  El reflejo en el espejo le gritaba que no había opción. Sus ojos dejaron de brillar.

Se sumergió en recuerdos de su pasado donde brillaba a todo su esplendor y pensó: ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que después de tantas luchas haya llegado a este punto? ¿Estará bien dejarse vencer ahora?

Su tiempo había pasado, pero no sus fuerzas, no sus ganas de seguir el camino, de seguir creciendo, de poner en práctica la experiencia ganada en el pasado, con tantos retos y luchas que se le habían presentado, y seguir su destino.

Pensó que podía ganar y que podía perder, y las ganas que tenía de intentarlo. Entonces, de un momento a otro, se levantó como nunca antes lo había hecho.

Un inesperado reflejo le dio suficiente energía y claridad mental.

Morir o no morir. —Un dilema o sólo la resignación ante el inexorable destino.

Nacer no es una decisión, pero morir sí puede serlo. El cuándo, el cómo son sólo detalles perfectibles de un largo y meditado porqué. ¿Por qué habría un hombre de terminar con su vida? Si un hombre no puede elegir su cómo, cuándo y por qué nacer, ¿debería elegir su forma de morir?

Decidir, mi decisión.

No soportó más la intensa emoción y cayó de rodillas suplicando perdón.

¿Qué sería después? —se preguntó en silencio mientras sus rodillas empezaban a quejarse, silenciosamente, de la postura; parte súplica y parte impotencia por no cambiar su destino, que había adoptado.

Un destino inevitable el que parecía acercarse con pasos sigilosos, llevando consigo una capucha negra y una guadaña.

—¡Ja! ¡El destino! —se decía entre dientes mientras recordaba que nunca le había prestado la atención que todos a quien conoció. Siempre forjó su propio camino, o por lo menos eso le pareció, siempre tomó sus decisiones, nunca esperó que todo fuese resuelto por magia o un poder superior.

Cayó al suelo y por momentos regresaban recuerdos de viejas glorias y fracasos, amores profundos y corazones rotos, todo lo que vio y lo que le hizo falta ver y que solo cabía en su imaginación; recuerdos de la infancia donde la percepción del mundo se confunde con los mismos sueños de la edad. Sentía que podía ver su vida en un instante y sin embargo seguían apareciendo memorias que de ser cartas hubiesen estado en el fondo de un cofre que fue abandonado a su suerte hace mucho tiempo.

—No, no más —dijo en un susurro mientras se reincorporaba—. Añorar el pasado es de los débiles que no pueden afrontar el futuro, y yo no soy así. Me iré de este mundo sabiendo que encaré todo lo que la fortuna me presentó. Viajaré sin remordimientos a aquel país desconocido, el futuro.

Si eso que llevaba era un rostro todavía, cualquier hombre o mujer hubiese dicho que se trataba de uno lleno de desesperación. Había decidido entregarse a los fríos brazos de la muerte, pero quería que fuese ya. Todas las decisiones que tomó fueron ejecutadas inmediatamente, y definitivamente no quería irse con la única excepción a su regla.

Sería en un acantilado, se dijo. Los preparativos eran pocos e igual lo eran las posibilidades de arrepentirse, lo que hacía un suicidio perfecto, la única pieza de su destino que aún estaba en sus manos. Durante el trayecto repasaba una y otra vez su vida, fuera feliz, triste o amargo, cualquier cosa era buena para no pensar en el presente y en su muy breve futuro. 

Con la disciplina de un militar entrenado por años, aunque el temblor de sus manos evidenciaba que nunca fue ni sería un brigadier,  se plantó firme en el suelo, de espaldas al vacío. No quería que el mirar al frente le causara vértigo y le impidiera lanzarse, pero le parecía cobarde morir con los ojos cerrados, como si temiera lo que fuera a pasar cuando hace ya tiempo que lo tenía claro. Gran error. 

Cayó de rodillas, vencido no ante el miedo ni el vértigo, sino ante la fuerza arrasadora de la esperanza, del porvenir. Y fue su culpa porque lo que vio antes de poder dejarse caer fue el camino que acababa de recorrer, el pueblo, en suma, el mundo que dejaba atrás.

Sin embargo, un pensamiento le invadía en su ya debilitada mente ¿habrá vida después de la muerte?, ¿serán ciertas las historias que cuentan algunas personas que estuvieron al borde la muerte y regresaron?, ¿existirá la mencionada luz al final del túnel?, todo esto entre delirios y momentos de lucidez. 

Estando ya casi muerto, nunca se imaginó que aún existían algunas buenas personas; lo tomaron, lo subieron al medio de transporte que acostumbraban por esas épocas y le llevaron donde un médico, de esos que se forman en los pueblos, que han aprendido de a poco, pero que bien pueden salvar la vida. 

Dos semanas pasó inconsciente, para él fue toda una noche, a penas y recordaba lo que le había acontecido, pero fue más su asombro al ver quien le había salvado a tiempo, ya con nula esperanza de vida, era aquel amor olvidado, que nunca había correspondido, pero que del corazón de aquella dama no se había borrado. Lamentablemente ahora toda una señora, casada y con hijos.

¡Tarde! —dijo para sus adentros— ¡La muerte me habría sentado mejor! —siguió meditando, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse de una de tantas decisiones, de las cuales ya había mencionado, que no se arrepentiría jamás. 

¿Qué haré ahora?, ¿a dónde me dirigiré?, ¿cómo salgo de esta situación?, eran algunas de las preguntas que invadían su aturdida mente.

—Sólo esto me faltaba —decía—, estar en la casa de la que algún día pudo haber sido mi mujer y con los que pudieron haber sido mis hijos.

Casi sin poder moverse, tendido en aquella cama, luego de estar al borde de la muerte, ahora ardientemente la deseaba más que nunca. 

¿En qué momento cambió todo? De niño, cuando no le hacía caso a sus padres, o de joven, al tener la ferviente convicción de que “hay que hacerlo aunque sea una vez en la vida”; talvez en el momento en el que pensó que ella iba a estar con él para siempre o cuando pensó que no iba a pasarle nada. 

Lo único que importaba era que mientras esa enfermedad lo tenía inmóvil y lo carcomía por dentro, nada era más fuerte que la batalla que se libraba en su mente.  

De esta vida —pensaba— no me arrepiento de nada, vi el mundo, conocí lugares, tuve lo mejor de lo mejor. Lo único que me duele es que nunca quise la oportunidad de compartir mi mundo con alguien, la gente, mis manías y mi modo imposible alejaron a la única mujer que verdaderamente me amó de mis brazos.  

»¿Me recordará? ¿Sabrá ella que aún la amo? ¿Me perdonará si se lo pido? —se preguntaba— ¿Me dirá que siempre me ha amado y amará, aún por estar en mi lecho de muerte? 

»Lo que hice por dinero, por lujo, por vivir la buena vida, lo tuve. Los carros, las casas, las mujeres, los gustos, los negocios, los miles de amigos.  

»Hoy en este cuarto, ante sus cuidados, pienso que ni el dinero, ni los lujos, ni los miles de amigos que aparecían cuando me iba bien, se podrían asemejar a esto, esta es la buena vida. 

Si esa muerte siempre había estado en sí mismo, entonces no se entregaría a la muerte sino a sí mismo, a la cara final en el espejo baldío, enfrente, y por tanto, fácil hallar ahí el final que había empezado demasiado atrás. Tal vez, recuerdos. Pero, además, al final no quedaba ni siquiera memoria, sólo habrían palabras difusas, como éstas. Vida sucedida, atrás de recordar, y se habían vivido muertes también, para la muerte con antelación. Clarisa había sido buena con él, tal vez muy buena. Pero, para ese momento de determinación, ni la munificencia de su larga compañía mitigaría la edad insufrible, el padecimiento de las dolencias, la palidez del cuerpo abatido. Habían tenido la vida compartida. Por haber vivido, se debería morir, desde luego.  

Cuando sacó el revólver, decidido a darse la muerte con sosiego y convencimiento, la certeza llegaba adonde él, de pronto, dijo: “Clarisa, como la señora Dalloway”. Un sonido de risa sin sonrisa. De una tragedia a otra, sólo la carcajada. Pensó en “Mrs Dalloway”, de Virginia Woolf, en el libro que había leído hacía tanto tiempo, más del posible. Meditaba en el suicidio de Woolf, en el cadáver pálido de la escritora, anegado en el río, y a la vez en el suicidio de Septimus Warren Smith, personaje de esa novela, un veterano de la I Guerra Mundial que sufría, según el argumento del libro, de estrés por traumas bélicos y que para quitarse la vida, se arrojaba desde una ventana alta.  

El revólver se sentía pesado en la mano ajada. En “Mrs Dalloway”, Clarisa Dalloway, al final del libro, admiraba profundamente el suicidio de Warren Smith. Mientras él pensaba eso, de repente, Clarisa entró a la habitación y lo vio con la pistola en la mano y los ojos extraviados en la ventana. Asustada y fuera de sí, ella extendió el brazo y dio un grito. Gritó entre sollozos. Como había sucedido en más de una ocasión durante el prolongado matrimonio, desde luego que aun más en los años mórbidos de vejez, su marido buscaba otra tentativa de muerte voluntaria, de nuevo. A pesar del pasmo horrísono en la mujer, él seguía viendo la ventana, sereno. La mirada fija y erial, vacía. Parecía no oírla. Soltó la pistola. Le dijo a Clarisa:  

−Pronto lloverá, señora Dalloway.   

Entonces, sin pensarlo mas, recogió su maleta de risas y llantos, serenó su ansia y se dejó llevar por el sueño. 

Al despertar notó que aún faltaba mucho para llegar. Un ligero haz de luz se asomaba por la ventana mal cerrada así que decidió dejarle entrar por completo. Siempre había leído que los paisajes de nubes —vistos sobre las alas de un avión— eran un espectáculo digno de hacer un viaje tan solo por admirarlos. Pero nunca creyó que le iba a causar tal impacto. Mientras meditaba sobre cómo la belleza del océano de nubes no podía ser simplemente algo casual sino el trabajo de una mano creadora, notó que su compañera de fila también se mostraba agradecida por la presencia de tanta sutileza.  

Viéndola a los ojos le dijo:  

—Si un niño le preguntara como se ve el cielo desde arriba, ¿qué le diría?  

—Le hablaría sobre el mar, pero blanco y con muchas mas olas. ¿Y usted, como lo describiría?  

—Como muchas islas de algodón juntas, tan juntas que parecen una sola. Le hablaría también de tierras donde pareciera que el cielo se cayó y las nubes se pasean por las praderas.  

—¿Neblina?  

—No, como en la cima de algunos volcanes, donde se pueden ver mesetas y otros picos sobresaliendo de “un mar de nubes”.  

—Cierto, aunque en tierras altas quizás lo mas admirable no es voltear a ver hacia abajo sino hacia arriba, a las estrellas. Recuerdo una vez que frente a una laguna vi como reflejaba el paso de una estrella fugaz.  

—O ambas, en fin, el tiempo a veces pasa tan lento que se pueden apreciar muchas cosas a la vez… si me lo permite, me gustaría presentarme y conocer su nombre.  

—Mi nombre es Clarisa Dalloway y no es necesario que usted se presente.

En el mismo momento en que dijo esto, giró su mirada de regreso a la ventana y el la siguió. Así continúo su viaje, sin intercambiar una palabra más.  

Al llegar a su destino se cruzaron de nuevo a la salida del aeropuerto. Intercambiaron miradas, el paró un taxi y ella empezó a caminar.

Alargó su mano cómo buscando en plena oscuridad, hasta dar con la cajita de madera que buscaba, su estado actual era precario, se movía a pausas, detuvo su mano sobre la cajita y al tocarla, un leve llanto silencioso se desprendió de su ojos, sintió su corazón saltar de júbilo infantil, en ella había guardado por tanto tiempo objetos valiosos, reliquias de su vida, poemas, fotos seleccionadas pero sobre todo, lo que buscaba en ese momento, un poema, pero no uno que había escrito él, era el que más cercano a su alma sentía de Juan Ramón Jiménez, y que además le había regalado esa linda niña de ojos color marrón, sonrisa alocada y sincera que le había despertado el amor. Vio la hoja de papel amarillenta, los adornos de flores en el parte superior e inferior de la pequeña hoja, pequeña como su amada, el número noventa y cuatro, de la página arrancada y recordó para sí breves líneas del poema que repitió con el aliento cansado y entrecortado:

—Adioses, ausencias, regreso… Nacía gris, la luna, y Beethoven lloraba…

En la estancia sin luz, ella mientras tocaba, morena de la luna, era tres veces bella.

Por alguna misteriosa razón, comenzó a escuchar en el telón de su mente, Claro de Luna y ya no lloraba, sostenía fuertemente en su pecho una sencilla hoja de papel con la mitad de un poema, con algo de curiosidad, dio vuelta al papel, no recordaba haber hecho eso nunca y descubrió palabras que jamás había leído y que le aparecieron como una iluminación desde lo alto: “Desvanézcase el sueño de mi vida en el sueño de fuego de tus ojos” y transitaron sus pensamientos, galopando desde su ventana abierta hasta las calles empedradas de su infancia en donde la conoció, la trató y un día también la besó.

Esos mágicos segundos que marcaron su existencia, que dividieron su vida en un antes y un después.  Efímeros momentos que no tuvieron repetición aun cuando eran lo que él más anhelaba.  Toda una vida había transcurrido desde ese día y él aún podía sentir su olor y su piel.

Las calles empedradas eran lo que quedaban de ese momento.  Las había recorrido una y otra vez esperando verla de nuevo, ya no como la chiquilla que besó sino como toda una mujer por quien ya habían pasado mil sonrisas y lágrimas.

Cuán pesada se vuelve la vida cuando tenemos recuerdos que no quieren marcharse.  Y esa noche, justo esa noche, tenía que reaparecer ella en su mente, justamente ella.  Ella que se había ido tan pronto no sólo de su vida sino de la de todos, a quien nunca pudo decirle cuánto significaba realmente para él.

Estaba realmente en blanco, su mente, su corazón se había perdido en el vacío; ella se había esfumado de su vida y con ella su mundo entero, sin embargo dejó un gran vacío en su pecho. El tiempo se perdía en el caos y se volvía eterno, pasó sus manos hacia su rostro y sintió algo húmedo y tibio deslizarse por su mejilla, no sabía si era sangre o lagrimas, solamente sabía que se sentía en un infierno.

Eres un demonio —murmuró con ira, se mordió el labio y soltó un sollozo. No podía, no debía, ella se fue, era cruel, él no debía llorar por ella, aun así lo hacía. La noche llegó sin previo aviso, el cielo sin estrellas ni Luna lo cubrían todo, parecían de luto, por de la ausencia de ella, o por el alma de él.

Entonces cerró los ojos resguardándose en su propio universo, en la tranquilidad de esa oscuridad que lo cobijaba y el silencio que lo arrullaba; cerró los ojos y soltó su último aliento.

—-

Bonus: En la versión descargable puedes ver el listado autores.

Sobre el autor

Lectores Chapines

One Response to "Cadáver Exquisito I"

  1. alexxx007 Posted on 22 marzo, 2010 at 10:20 PM

    La verdad quedo bien, a pesar que se escribia a ciegas, felicitaciones a los participantes

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.